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La vida en el refugio. Las camas abandonadas. La noche. Los niños que no pueden ver la luz. El perro que olfatea las ruinas. Los gatos que saltan alrededor. La mañana. El ruido de las bombas. Las casas destruidas. El humo de las bombas. El retumbar de las bombas. El cráter que ha dejado una bomba. Las viviendas que se han venido abajo. El amanecer, la mañana, la tarde, otra vez la noche. El humo del bombardeo sobre la acería de Azovstal. El zumbido de un bomba. El estallido de otra bomba y otra bomba más, así cada hora, cada jornada. La bajada al refugio. Los cristales y las piedras esparcidos por el suelo. Las ruinas que quedan en las aceras de una calle. Una calle entera en ruinas. Las casas destrozadas. La comida que se prepara en una olla sobre un fuego improvisado en la calle con maderas de las ruinas. La muerte. El olor de la muerte. Dos cadáveres abandonados a la entrada de un pasillo. Las horas que pasan, todas iguales, en los sótanos de una iglesia. El silencio. El miedo. Una rápida salida para buscar agua. Más ruinas. Más cadáveres. Las ruinas que se ven por una ventana. Las ruinas reencuadradas por una puerta. La vida reencuadrada, porque no se puede salir al exterior…

El cineasta ucraniano Mantas Kvedaravicius filmaba todo esto cuando una bala asesina acabó con su vida. Su compañera puso a punto el montaje con los materiales disponibles. Los que se pueden obtener a través de una puerta o de una ventana porque no se puede salir al exterior. Lo que se puede filmar en un arriesgado paseo por una calle recién bombardeada mientras el ruido de otras bombas, cercanas, se cuela permanentemente en el micrófono. No es una distopía ficcional. Es Mariupolis, Ucrania, desde el 24 de febrero hasta hoy mismo. La vida real bajo la barbarie fascista de un régimen que amenaza a toda Europa, mientras Europa asiste, impotente y temerosa, a la masacre que se transmite por las televisiones del mundo entero. ¿Hasta cuándo?, le interrogan a nuestra conciencia las imágenes de este documental estrictamente observacional. Probablemente no hablamos de Gran Arte. Hablamos de nuestra conciencia, de nuestro presente.

Posdata: De cómo viven todo esto los cineastas ucranianos, nuestros lectores pueden encontrar un amplio informe y varios testimonios directos, estrictamente autobiográficos, en nuestra revista del pasado mes de abril (Caimán CdC, nº 165).

Carlos F. Heredero

El pasado mes de febrero cuando las tropas de Vladimir Putin invadieron Ucrania, el cineasta lituano Mantas Kvedaravicius decidió regresar a Mariupol, ciudad del Donbás en la que unos años antes había rodado un documental sobre la vida de sus gentes en tiempos de conflicto. El 30 de marzo, Manta Kvedaravicius falleció mientras filmaba la película del retorno a las gentes de Mariupol. A partir del material rodado durante el asedio de la ciudad y como testimonio de su trabajo, su esposa y su montadora han decidido presentar en Cannes su película, un documental observacional que nos cuenta cómo es la vida en tiempos de guerra bajo el asedio. La cámara no se sitúa en el frente. Oímos las bombas en la lejanía y vemos unos cuantos planos generales del cielo de la ciudad con los edificios ardiendo. La guerra está allí, pero lo que vemos es la supervivencia en la retaguardia, los civiles que intentan buscar un refugio para no perder sus vidas y consumir el tiempo como pueden mientras su entorno se ha convertido en un dantesco paisaje en ruinas.

En las primeras imágenes de la película un hombre de edad avanzada y su mujer contemplan el cielo, las bombas retruenan, comentan la difícil carga de soportar el paso del tiempo, pero ella afirma que “a pesar de todo hace un buen día”. El sol luce sobre los edificios semiderruidos de Mariupol, por sus calles minadas que a veces son atravesadas por los tanques. El tiempo de la guerra no se presenta como el tiempo de la acción, sino como el tiempo de la monotonía y de la espera. Los hombres salen del refugio para intentar recuperar algún generador que les pueda dar luz, otras veces cortan leña para hacer algún potaje de verduras que les permita alimentarse. Las familias se refugian en el sótano de una iglesia en la penumbra. Maldicen su situación y su destino. Un hombre nos muestra lo que queda de su casa. Solo hay escombros y un gran hoyo que certifica que un avión lanzó una bomba destruyendo todo lo que tenía. Otro hombre dice que está enfermo, que su mujer ha muerto, no tiene casa y no sabe dónde ir. Las bombas explotan en la lejanía. Alguien sale a la calle para dar comida a las palomas que anidan en los tejados. El viento se lleva los pocos alimentos que les han dado. Hay mucha tristeza, pero la vida continúa. La muerte está allí, cada vez más cercana y la supervivencia cada vez es más difícil. Realizada de forma precipitada, Mariupolis 2 es un documento que nos muestra esa forma de observar la guerra que las televisiones nunca muestran.

Àngel Quintana