Jaime Pena

Ciudad sin sueño es un poema de Federico García Lorca incluido en Poeta en Nueva York. También uno de los poemas musicados por Enrique Morente y Lagartija Nick en su Omega. Justo es esta la canción que suena al final del Ciudad sin sueño, la película de Guillermo Galoe, cuando la cámara se aleja de La Cañada Real y van entrando los créditos. Salvo algunas otras canciones diegéticas, esta es la única concesión a un elemento externo, ‘poético’, en toda la película. Pese a su aire crepuscular, Ciudad sin sueño prescinde de esa poética inherente a todo retrato de un mundo en trance de extinción. Sus referentes están muy claros: En construcción (2001), de José Luis Guerin, y En el cuarto de Vanda (2000), de Pedro Costa.

El protagonista es Toni, un niño gitano de quince años cuya familia lleva varias generaciones asentada en La Cañada Real, al menos desde su abuelo, el patriarca de la familia y uno de los personajes más respetados de la barriada. Sus padres han decidido aceptar una oferta de los servicios sociales y trasladarse a un piso de protección oficial de Madrid, con metro, supermercado, peluquería, parques… “¿Y también hay campo?”, pregunta Toni. “¿Y podremos hacer carreras de galgos?”, insiste. Están a pocos kilómetros de distancia, pero son dos mundos antagónicos, el que defiende el abuelo y el que defienden sus padres. Toni vive entremedias, indeciso.

Galoe ya había anticipado a estos personajes y las historias de La Cañada Real en su cortometraje Aunque es de noche (2023). Estaba Toni y estaba su amigo Nasser, que se marchaba a vivir a Francia. Así comienza Ciudad sin sueño, con esta despedida de la familia que se marcha a Marsella. Como si todos quisieran marcharse de La Cañada, o como si vivir ahí implicase un tránsito continuo entre los que se van y los que vienen. Mientras, las grúas derriban casas y chabolas, empujando a sus habitantes a buscar otros lugares, y la policía hace continuas redadas. Galoe no oculta que este es un lugar en el que se trafica con la droga, pero su película huye en todo momento de lo sórdido, centrada como está en sus jóvenes protagonistas, para los que quiere pensar un futuro.

Ayuda mucho en este propósito la fotografía de Rui Poças, que en numerosos momentos, cuando filman o se supone que filman los jóvenes protagonistas, se sirve de los filtros que estos utilizan en sus móviles. Estos tonos le proporcionan un tono de irrealidad a Ciudad sin sueño, a veces como si estuviésemos contemplando un musical, otras como si la película nos estuviese proporcionando una imagen inquietante de un futuro postapocalíptico. Ciudad sin luz y sin sueño, es difícil pensar en un paisaje más adecuado que el de La Cañada Real.


Àngel Quintana

La Cañada Real, situada en la periferia madrileña, acoge a 7000 personas sin agua potable, sin electricidad y sin recursos. El barrio está siendo desmantelado, pero muchos de sus vecinos se resisten a marchar a pesar de sus precarias condiciones. Guillermo Galoe, ganador de dos premios Goya por su cortometraje Frágil equilibrio (2016), filma su primer largometraje de forma acelerada, con la presión de quien está intentando capturar las ruinas de un mundo condenado a la desaparición. El cineasta trabaja con chicos del barrio, encabezados por el personaje de Toni, para contar la historia de un realojamiento y los sueños que quedan atrás. Hay en la mirada de Galoe un claro humanismo que desprende una clara empatía, sobre todo porque va más allá de cualquier vocación antropológica o de cualquier visión observacional de una realidad amenazada.

Galoe no utiliza las chabolas para contar una historia de violencia quinqui, ni nos habla de las bandas, ni recurre a un cierto imaginario que nos podría trasladar hacía películas como Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, Kátia Lund, 2002). Tampoco intenta ahondar en las heridas de un mundo condenado a la miseria donde están presentes las heridas de la precariedad, tal como realizaba Pedro Costa con el barrio de Fontainhas de Lisboa en En el cuarto de Vanda (2000). La mirada de Galoe está en las antípodas de todos estos modelos e intenta comprender qué es lo que sucede cuando el futuro se transforma, cuando en un mundo sin sueños algo queda atrás y cuando las relaciones humanas pueden ser modificadas. Toni persigue durante la película a la galga que han vendido a cambio de una parcela. El animal es símbolo de una forma de vida en contacto con la naturaleza, en la que los animales campan a sus anchas por un espacio precario, pero en el que hay una cierta sensación de libertad. El futuro representado por un bloque de pisos de protección oficial con agua corriente y electricidad encierra la trampa de otra precariedad urbana que acabará encarcelando a los personajes en un mundo que no tiene nada que ver con aquel en el que se criaron.