Carlos Losilla
El último largometraje de Shô Miyake es un film que escapa continuamente de sí mismo. La primera imagen es una página en blanco que una guionista empieza a llenar de ideogramas japoneses, a su vez inmediatamente transformados en imágenes: una joven pareja en una playa, sus diálogos, sus cuerpos, el agua del mar… Poco después, todo eso se convierte en un film que está siendo proyectado en una sala de cine, donde la escritora está a punto de participar en un coloquio. De inmediato, un nuevo giro parece obligarnos a seguir al mismo personaje femenino, inmerso en plena crisis creativa, que se adentra en la nieve invernal para acabar en un hostal regentado por un tipo esquivo y misterioso. Two Seasons, Two Strangers es, pues, puro ‘metacine, de modo que la película que estamos viendo parece hacerse a sí misma a medida que avanza. Pero también, como decíamos, huir de sí misma, señalar a su fuera de campo como el lugar en el que se encuentra el verdadero film, que todavía no ha encontrado su forma. Miyake juega con la ausencia, con lo que aún no está ahí, y lo señala como aquello que puede que nunca llegue a estar: lo que le importa es el proceso, pero no tanto la manera en que progresa sino el modo en que construye una serie de viñetas que, a su vez, se presentan como la única imagen posible. De lo demás no tenemos ninguna constancia.
Lo que menos me gusta del film es que no se atreve a ir hasta las últimas consecuencias en ese juego del escondite consigo mismo. En otras palabras, al final la guionista es una protagonista comme il faut, y sus vicisitudes se convierten en el meollo del film. Así las cosas, Two Seasons, Two Strangers es una comedia ligera, minimalista, que esconde un gran drama –otra vez– ausente: el pasado del hostelero, esa casa a la que llegan pero cuya puerta nunca traspasan, esa niña que aparece… Todo queda demasiado a la vista, y tiene la entidad suficiente como para dar cuerpo al film. Y ello permite llegar a la conclusión de que lo demás, lo que no está, bueno, en el fondo no tiene importancia, porque de hecho ya ha sido objeto de alusiones y menciones. ¿Por qué Miyake no se atreve a convertir esa nada, ese vacío, en el tema mismo del film? ¿Por qué se obliga a sí mismo a recurrir a un tema sustitutorio? Es como si no aceptara que la condición ruinosa del cine contemporáneo –lo digo en el buen sentido– y siguiera creyendo en la posibilidad del relato fuerte y autónomo, por mucho que solo deje entrever sus cimientos. Leopardo de Oro en el Festival de Locarno, Two Seasons, Two Strangers es el reflejo perfecto de su propia estrategia narrativa: podría haber sido algo que nunca osa ni siquiera intentar.











