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Las altas presiones (Ángel Santos). Crítica

4 diciembre, 2015

Las altas presiones, de Ángel Santos.
Carles Matamoros.

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En una de las primeras escenas de Las altas presiones, Miguel (Andrés Gertrúdix) se detiene a contemplar una pequeña reproducción de La cama, el célebre lienzo de Toulouse-Lautrec en el que dos jóvenes amantes despiertan apaciblemente en su lecho. Dicho cuadro, que ya aparecía sutilmente en un dormitorio en Dos fragmentos / Eva (2011), la sugestiva ópera prima de Ángel Santos, parece resonar en el vagabundeo apático y distanciado de Miguel por su Pontevedra natal, adonde ha vuelto con la excusa de buscar localizaciones para una película ajena que aborrece. El personaje, que parece incapaz de interactuar con su entorno a no ser que recurra a su cámara, anhela una estabilidad, un lugar en el mundo, del que también carecía la Eva del primer largometraje de Santos. Ambos son individuos desplazados, observadores de una vida que no se atreven a protagonizar, viajeros en el tiempo que abandonan su rutina en busca de un pasado que ya se ha esfumado. La calma, la complicidad y la pasión de Toulouse-Lautrec son una aspiración vital que les queda lejos.   

Mientras el marco de Dos fragmentos / Eva era el de una ruptura sentimental, que sentíamos primero en los andares silenciosos de una (ex)pareja deudora de la de Te querré siempre (R. Rossellini, 1954) y después en la desubicación de Eva tras la desaparición à la Antonioni de su compañero, Las altas presiones plantea un recorrido claramente individual sin una causa-efecto tan explícita. Desconocemos los motivos que han generado la apatía de Miguel, pero la película nos invitará a rellenar ese vacío sin levantar la voz y logrando que seamos partícipes de los encuentros del personaje con los espacios que filma con su cámara; lugares, en su mayoría, abandonados y derruidos, que son reflejo tanto de su crisis personal como de la colectiva. No es ésta, sin embargo, una propuesta abiertamente política, sino más bien una meditación existencial que no puede ser ajena ni a su tiempo ni a la generación de la que forma parte su protagonista, cuyos deseos (y frustraciones) son las de una juventud escasa de horizontes viables.   

El aislamiento del personaje de Gertrúdix se manifiesta también en su vida social, ya sea en una fiesta, en un concierto o en una casa de campo. Aun así, Santos (que firma el guión junto a Miguel Gil y cuenta con Fernando Franco como montador) no se limita a capturar la reclusión de Miguel ni se regodea en sus tiempos muertos, sino que va un paso más allá e imagina un posible relato, un posible reinicio para un personaje que madura tras cada elipsis. Esta oportunidad florece cuando los travellings y panorámicas dejan de subrayar la lejanía y la soledad del protagonista para facilitar un encuentro, un plano compartido como el que clausura de forma esperanzadora Las altas presiones. La visita a unos amigos en Portugal será tanto un acicate para Miguel como una demostración de las capacidades narrativas de Santos, que, al igual que su personaje, abandonará la protección de una cámara contemplativa y pasará a la acción, hasta el punto de dar consistencia a un relato que presumíamos inestable.

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