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Las altas presiones (Ángel Santos)

Carles Matamoros.

En una de las primeras escenas de Las altas presiones, Miguel (Andrés Gertrúdix) se detiene a contemplar una pequeña reproducción de La cama, el célebre lienzo de Toulouse-Lautrec en el que dos jóvenes amantes despiertan apaciblemente en su lecho. Dicho cuadro, que ya aparecía sutilmente en un dormitorio en Dos fragmentos / Eva (2011), la sugestiva ópera prima de Ángel Santos, parece resonar en el vagabundeo apático y distanciado de Miguel por su Pontevedra natal, adonde ha vuelto con la excusa de buscar localizaciones para una película ajena que aborrece. El personaje, que parece incapaz de interactuar con su entorno a no ser que recurra a su cámara, anhela una estabilidad, un lugar en el mundo, del que también carecía la Eva del primer largometraje de Santos. Ambos son individuos desplazados, observadores de una vida que no se atreven a protagonizar, viajeros en el tiempo que abandonan su rutina en busca de un pasado que ya se ha esfumado. La calma, la complicidad y la pasión de Toulouse-Lautrec son una aspiración vital que les queda lejos.   

Mientras el marco de Dos fragmentos / Eva era el de una ruptura sentimental, que sentíamos primero en los andares silenciosos de una (ex)pareja deudora de la de Te querré siempre (R. Rossellini, 1954) y después en la desubicación de Eva tras la desaparición à la Antonioni de su compañero, Las altas presiones plantea un recorrido claramente individual sin una causa-efecto tan explícita. Desconocemos los motivos que han generado la apatía de Miguel, pero la película nos invitará a rellenar ese vacío sin levantar la voz y logrando que seamos partícipes de los encuentros del personaje con los espacios que filma con su cámara; lugares, en su mayoría, abandonados y derruidos, que son reflejo tanto de su crisis personal como de la colectiva. No es ésta, sin embargo, una propuesta abiertamente política, sino más bien una meditación existencial que no puede ser ajena ni a su tiempo ni a la generación de la que forma parte su protagonista, cuyos deseos (y frustraciones) son las de una juventud escasa de horizontes viables.   

El aislamiento del personaje de Gertrúdix se manifiesta también en su vida social, ya sea en una fiesta, en un concierto o en una casa de campo. Aun así, Santos (que firma el guión junto a Miguel Gil y cuenta con Fernando Franco como montador) no se limita a capturar la reclusión de Miguel ni se regodea en sus tiempos muertos, sino que va un paso más allá e imagina un posible relato, un posible reinicio para un personaje que madura tras cada elipsis. Esta oportunidad florece cuando los travellings y panorámicas dejan de subrayar la lejanía y la soledad del protagonista para facilitar un encuentro, un plano compartido como el que clausura de forma esperanzadora Las altas presiones. La visita a unos amigos en Portugal será tanto un acicate para Miguel como una demostración de las capacidades narrativas de Santos, que, al igual que su personaje, abandonará la protección de una cámara contemplativa y pasará a la acción, hasta el punto de dar consistencia a un relato que presumíamos inestable.

El camino más largo para volver a casa (Sergi Pérez)

Carles Matamoros.

Existe una estirpe de cineastas que someten a largas penurias a sus personajes y construyen sus filmes alrededor de ese sufrimiento castigador del que el espectador no puede escapar. Pienso en Lars Von Trier y Michael Haneke, pero también en Yorgos Lanthimos, Amat Escalante e incluso Cristian Mungiu. Sin esconder sus referencias, Sergi Pérez parece adherirse a esta tradición en su primer largometraje, El camino más largo para volver a casa, que sobresale por su contundencia, su solidez formal y su falta de concesiones.

Lo llamativo es que, en este caso, el protagonista de la película –Joel (Borja Espinosa)– no es tanto el que sufre las penitencias del realizador, sino el que castiga a todos los personajes que le rodean, incluido un perro que padecerá malnutrición, deshidratación, violencia y abandono. Considerando que Joel es también una víctima (fruto de la repentina muerte de un ser querido, que Pérez sitúa, con sutil acierto, en el fuera de campo del relato), El camino más largo para volver a casa será tanto un recorrido hacia la asunción del trauma por parte del personaje como un trayecto en el que el espectador se verá forzado a comprenderlo, a empatizar con un individuo que, en una situación dolorosa, se comporta de un modo deleznable. 

El plano inaugural de la película ya indica que el tour de force que compartiremos con Joel será, antes que nada, un viaje interior, un proceso intransferible que deberemos descifrar durante sus idas y venidas por Barcelona, donde le veremos buscar literal y metafóricamente su camino a casa. En ese arranque, un zoom nos acercará lentamente al cogote del personaje mientras está durmiendo, exhausto, en su cama. Esa proximidad a su rostro (y a su subjetividad) perdurará durante la mayor parte del relato, que Pérez filmará sacando un enorme partido a las texturas sonoras, que marcarán la distancia entre el universo mental de Joel (turbulento y abstracto) y el universo tangible que le rodea (nítido y naturalista). Más forzados resultarán, en cambio, los encuentros del protagonista con una serie de personajes-satélite que vendrán a toparse con él para hacerle ver que debe enfrentarse a lo ocurrido. Dichos intercambios tendrán, por lo demás, la capacidad de plasmar una de las tesis de la película: nadie puede –ni debe– decirnos cómo experimentar correctamente un trauma personal.

El cuerpo recio y cansado de Borja Espinosa (que construirá su convincente interpretación a base de espasmos, susurros, andares acelerados y respiraciones entrecortadas) será el que sostenga el peso de un relato que sentimos como una experiencia física, agotadora. Y es que, aunque pesen las deudas con los hermanos Dardenne (transparencia de las acciones, desesperación para cumplir una serie de objetivos, cámara en mano en constante seguimiento, renuncia a los psicologismos, comentario moral), Pérez logrará hacernos partícipes de la experiencia límite de un personaje incómodo del que asumiremos sus circunstancias.