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Dos mujeres tienen a sus hombres en una cárcel de Burdeos. Alma (Isabelle Huppert) es una rica burguesa, casada con un médico que mató a una persona y dejó paralítica a otra en un accidente de tráfico. El hombre huyó y fue condenado a seis años de cárcel. Ella es Mina (Hafsia Herzi) de origen marroquí, madre de tres niños pequeños, cuyo marido está encarcelado por un robo que causó una muerte. Alma está sola y decide invitar a vivir con ella a Mina. Lo único que tienen en común es la cárcel. Más allá de la cárcel, todo las separa. Patricia Mazuy, una cineasta interesantísima y de largo recorrido, decide confrontar a las dos mujeres. La premisa inicial no es otra que la separación entre clases sociales. Mina acepta las comodidades del piso burgués y Alma tiene dificultades para hacer comprender a sus amigos que la nueva residente es una joven de origen marroquí. Tras las diferencias de clase podríamos hablar de una historia de caridad, compasión o simplemente de buena conciencia. Pero Patricia Mazuy no va por ese camino y complica las cosas para buscar las complejidades. El tema no es la integración, sino el juego de intereses que está tras las amistades. En este juego de intereses tiene mucho peso la relación que mantienen con el marido ausente, las deudas que faltan por pagar y purgar. Mientras Mina ama, Alma se siente indiferente ante el marido que está en la cárcel. La Prisonnière de Bordeaux va más allá del drama social y de la historia bienpensante para acabar entrando en la complejidad psicológica de unos personajes que buscan una salida a una situación efímera. También es el retrato de un duelo interpretativo en el que Hafsia Herzi asume el reto de enfrentarse cara a cara con la siempre desconcertante Isabelle Huppert.

Àngel Quintana

Alma (Isabelle Huppert) y Mina (Hafsia Herzi) se encuentran en la sala de una cárcel mientras esperan para entrar a visitar a sus maridos. Alma es una mujer de la alta burguesía francesa con la vida resuelta pero mucha soledad y mucho tiempo libre. Mina trabaja en una tintorería, vive lejos de la cárcel y tiene dos hijos que mantener. Alma propone a Mina ir a vivir en su casa con la excusa de estar más cerca para las visitas. Y la puesta en relación de ambas mujeres no solo supone la confrontación entre dos maneras de vivir, dos maneras de amar y de relacionarse con sus maridos (de los que no vemos sus rostros hasta bien entrada la segunda parte) pero, sobre todo y obviamente, dos clases sociales.

En este terreno, el film de Mazuy busca por momentos ironizar sobre esa distancia inquebrantable e ineludible (en un sentido y en otro), pero muestra también de manera sutil y poderosa el juego de poder y manipulación que sostiene una relación compleja en la que también hay espacio, por momentos, para el amor y la ayuda mutua. Pero Mazuy sabe bien que la historia en común de estas dos mujeres tiene los días contados y no hay idealización en un relato que destaca más bien la profunda revolución que el hecho de conocerse supone para ambas. La Prisonnière de Bordeaux describe así la necesidad de dos mujeres de superar un pasado marcado por sus maridos (en lo que su encarcelamiento implica para ellas) y la búsqueda de una salida. Y es ahí donde, más allá de cualquier distancia, ambas mujeres se encuentran.

Jara Yáñez