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Jueves 10 de diciembre, 20:30h, Cineteca del Matadero (Madrid). Entrada gratuita.
Eulàlia Iglesias

Algo le pasa a Juana, la adolescente protagonista del primer largometraje de Martin Shanly. Cuando arranca la película la vemos intercambiando cromos con una compañera de colegio (“la-te, no-la, la-te, la-te…”), que parece ganar en el reparto. Mientras tanto, su madre oye las quejas de directora y profesoras respecto al bajo rendimiento escolar de su hija. Juana ni tan siquiera es capaz de recordar su única línea de diálogo en la función de la obra de fin de curso en la que tanto quería participar. ¿Qué le pasa a Juana? ¿Se siente discriminada en una escuela donde se reproducen los típicos juegos de humillación a un compañero durante las horas del patio? ¿Esconde este colegio de exclusiva enseñanza en bilingüe un lado oscuro? ¿Se siente Juana traumatizada por la ausencia de su padre siempre en viaje de negocios? ¿Necesitaría más atención por parte de su madre? ¿Experimenta algo especial por esa nueva alumna llegada del Brasil con la que intenta entablar amistad, pero que la desprecia para irse con otra?

Juana a los 12 es una película que se acerca a la adolescencia sin necesidad de muletas temáticas. No habla sobre el acoso escolar, pero las dinámicas de marginación en la escuela están perfectamente reflejadas. Tampoco pretende denunciar la hipocresía de los centros de élite, aunque algo se infiere de su retrato de este colegio donde buena parte de las asignaturas se imparten en inglés. Tampoco centra su discurso en la dejadez maternal o paternal: los padres de Juana tienen muchos defectos, aunque tampoco parecen peores que tantos otros progenitores. Sin embargo, Juana siente un creciente desapego de su entorno sin que haya una causa explícita que justifique su comportamiento.

Como si de un Wes Anderson sin un estilo tan marcado se tratara, Martin Shanly retrata el microcosmos exclusivo en el que se mueve su protagonista con un conocimiento de causa que se hace palpable en los detalles. Es también a través de sutiles pinceladas (contracampos silenciosos, miradas en segundo plano, comentarios cazados al vuelo…) como consigue un preciso perfil del desasosiego adolescente. Juana (interpretada por la hermana del director, Rosario Shanly) no es ni demasiado triste ni demasiado simpática. Tampoco una marginal incomprendida ni una de esas marisabidillas que dan lecciones a los mayores. Su encaje es sometido a continua monitorización por parte de los adultos: pasa controles y exámenes en las clases, en la natación, en las horas de repaso, en los psicólogos y médicos a los que le lleva su madre… Pero nadie es capaz de diagnosticar qué le pasa. Su miedo al abismo solo se hace explícito en una breve secuencia onírica en la que emergen sus angustias subconscientes.

En un film que apenas llega a los ochenta minutos y se escapa de las inercias típicas del cine iberoamericano para festivales, Shanly pone de manifiesto el malestar de una adolescente ante un mundo en el que, como Juana le reprocha a su madre a propósito de unos pájaros que ella pinta en un plato, las cosas son “demasiado lindas”.