Carlos Losilla
Esta película, de poco más de una hora de duración, es y no es un trabajo autónomo e independiente que –digamos– se pueda valer por sí mismo. Su director, Hlynur Pálmason –¿se acuerdan de Godland, que precisamente se alzó con el premio de Zabaltegi hace unos años?–, ha presentado también en esta edición de San Sebastián una película que ya había estado en Cannes y que es, en el fondo, el lugar del que surge Joan of Arc. Ese otro largo se titula en inglés The Love That Remains y me parece una de las mejores películas que he visto estos días en tierras donostiarras: la historia de una familia, de una pareja en trance de separación, que en el fondo es la historia de una tierra y su pasado, no tanto en un sentido histórico como biológico; una propuesta poderosamente física pero que constantemente tiende a la abstracción, pues no en vano Pálmason es también el protagonista de una exposición, en la propia Tabakalera, en la que se metamorfosea en ‘artista contemporáneo’ para continuar el ‘discurso’ de los dos filmes que presenta en el festival. De hecho, los protagonistas absolutos de Joan of Arc son los dos hijos gemelos de la pareja que empieza a separarse en The Love That Remains, de manera que aquel film podría verse como un spin off de este último que en el fondo rellena algunas de sus elipsis. De vez en cuando, en The Love That Remains, irrumpe la imagen de una especie de espantapájaros clavado en la nieve, al borde de un acantilado y coronado con un casco de metal. En Joan of Arc se revela que se trata de una construcción de los dos niños, la réplica de un guerrero que utilizan como blanco para practicar –jocosamente, todo hay que decirlo– el tiro con arco.
La condición absurda de este planteamiento deja ver la primera intención del film: un juego conceptual, resuelto con una única posición de cámara –la importancia de la cámara, de nuevo–, que no quiere tanto contar una historia como explorar las posibilidades de la imagen como portadora de tiempo y exploradora de cuerpos y espacios. Poco a poco, sin embargo, la película se va convirtiendo en el relato de un auge y una caída, los de la figura en cuestión, que se refleja en los niños: ellos también van creciendo en el proceso, pasan de la diversión indiscriminada al cuestionamiento de la violencia inherente a la tierra que habitan, a la tierra en sí misma. Y, paralelamente, todo ello toma cuerpo en una parte final que no explicaré pero sí diré que vuelve a conectar directamente con The Love That Remains: una de las escenas más atrevidas de esta última –y del reciente cine europeo, se podría añadir– corre en paralelo a lo que sucede en los últimos minutos de Joan of Arc. La melancolía es la clave, asociada con el inteligente uso del Clair de lune de Debussy como motivo musical, pero estamos también ante una comedia desternillante –esos niños son los mejores actores que he visto en este festival– que utiliza el humor para desacralizar el cine, para devolverlo a sus orígenes, a su vez insertos en la más pura vanguardia. Esto es algo que también sucede en The Love That Remains y que, frente a tanto cine solemne que ha llenado las pantallas de San Sebastián estos días, convierte a Pálmason en uno de los cineastas más irreverentes del panorama actual, por lo menos a la hora de declarar abiertamente que el cine todavía está ahí, no ‘falta’, pero, a la vez, nunca más podrá volver a ser el mismo. ¿O acaso su utilización del ‘plano-secuencia’ todavía se puede asociar con André Bazin?











