Cristina Aparicio

Una extraña calma atraviesa Foreign Lands. Sin apenas diálogos, la película deambula por el tedio y la desidia en la que se encuentra inmerso Anton, un cineasta en pleno bloqueo creativo. Ese estado de letargo es el que acompaña a las imágenes de los espacios por los que vagabundea el protagonista. Imágenes en las que muchas veces él se hace presente, casi como un ente que forma parte del paisaje, quedando enmarcado por elementos arquitectónicos o naturales que aparecen dentro del plano. Este continuo relato de soledad se ve asediado por otro tipo de imágenes y, sobre todo, de los sonidos que llegan de lejos: llamadas, videollamadas, mensajes o audios que buscan contactar a un Anton en plena huida de su existencia, y que interrumpen el trance de apatía en el que se encuentra. Ya sea fuera de campo o como parte de la narración (adoptando el formato tipo smartphone), estas interferencias son en realidad parte del presente dislocado del protagonista. Es por eso que siempre se desprende una sensación de desdoblamiento, donde cuerpo y mente se disocian, se separan yendo a la deriva por tierras extranjeras.

Hay algo autorreferencial en el film de Anton Yarush y Sergey Borovkov, quienes también protagonizan el relato. Hacer la película (¿esta?, ¿otra?, ¿alguna siquiera?) es la excusa para entrar en crisis y reevaluar la profesión y, de paso, la vida. No será hasta el final de del metraje cuando se expongan verbalmente algunos de los interrogantes a los que intenta dar respuesta la película aunque sin llegar a conseguirlo. La incomunicación, uno de los grandes temas que aquí se plantean, llega a ser de tal magnitud que cuesta llegar a conectar con la trama. Ni siquiera su componente metacinematográfico contribuye a ello: más bien al contrario, dotando al conjunto de cierto artificio que impide llegar a empatizar con la problemática de quien está delante y detrás de las cámaras.