Carlos F. Heredero

No se debe tomar el nombre, y menos el cine, de Krzysztof Kieślowski en vano. Y eso es lo que en realidad ha hecho el iraní Asghar Farhadi al tomar como punto de partida No amarás  (A Short Film About Love, 1988), de quien importa también a su músico (el siempre inspirado Zbigniew Preisner), para reconvertir algunos elementos de aquel memorable título del cineasta polaco en una madeja de historias ya no paralelas, sino entrelazadas con escaso fruto y abundante capricho en torno a las relaciones entre la ficción y la realidad, entre la imaginación y la vida, el deseo soterrado y el desorden emocional. El pretexto es la novela en proceso de redacción por parte de una escritora ya veterana (Isabelle Huppert) que vive encerrada en su viejo caserón, sin apenas contacto con el mundo, y que ficcionaliza en sus páginas las vidas de los vecinos a los que espía con un telescopio: una joven técnica de sonido (Virginie Efira) y sus dos socios (Vincent Cassel y Pierre Niney), cuyo estudio de trabajo está en la acera de enfrente.

Un improbable ladronzuelo de buen corazón y metódica voluntad además de inesperado talento literario, la confusión entre lo fantaseado y la realidad, y la acumulación incesante de giros de guion, uno tras otro, a cuál más estrambótico, hacen de estas Histoires parallèles un indigesto cóctel de La ventana indiscreta, lejanos aromas de Kieślowski, banalizados ecos de Georges Simenon y mucho dislate narrativo para no llegar a ninguna parte. Pocas veces se ha hecho tan patente en una pantalla cómo un cineasta se pierde en su propio laberinto sin ser en ningún momento consciente –¡a lo largo de 140 inacabables minutos!– de que todos los caminos por los que se empeña en adentrarse son callejones estériles que acaban por rozar lo más disparatado.


Àngel Quintana

Desde El pasado (2014) hasta Todos lo saben (2018), Asghar Farhadi parece perseguir fuera de Irán un tipo de sofisticación formal y psicológica que, paradójicamente, termina alejándolo de la tensión dramática que definía sus películas iraníes. Hay en estas obras algo ligeramente desajustado, los conflictos están excesivamente construidos, pero el tono parece escapársele constantemente.

En Histoires parallèles esa inestabilidad se convierte en el verdadero problema de la película hasta convertirse en un auténtico bucle dramático. Farhadi oscila entre el thriller íntimo, el drama psicológico y la reflexión metanarrativa sin terminar de instalarse plenamente en ninguno de esos registros. La película introduce la sombra de No amarás (1988) del Decálogo de Krzysztof Kieślowski , en la que se inspira. Como en el relato breve de Kieślowski , el voyeurismo funciona como una forma de deseo y también como una experiencia cognitiva. El acto de mirar al otro implica inventarlo, deformarlo, apropiárselo. Pero mientras No amarás convertía esa mirada en una herida afectiva, Farhadi desplaza el conflicto hacia el terreno del artificio narrativo. Sus personajes parecen menos devastados por lo que sienten que atrapados en unos relatos que ya no controlan y que constantemente se les escapan.

Farhadi observa a sus personajes desde la distancia, sin empatía, ni humanismo. Gracias a la contención de Isabelle Huppert el juego no se resquebraja del todo pero queda demasiado subordinado a la arquitectura del relato, al juego de perspectivas y duplicidades. En Histoires parallèles, Farhadi vuelve a mostrar cierta dificultad para encontrar un tono estable. La película avanza como suspendida sin encontrar ninguna salida al falso laberinto que ha creado para terminar siendo un documento sobre un cineasta que filma personajes perdidos dentro de las historias que construyen sobre sí mismos y sobre los demás.