Eulàlia Iglesias

Una película haitiana es por sí misma una propuesta estimulante dada las dificultades para producir cine en este país. El segundo largometraje de Géssica Généus tras presentar su ópera prima, Freda, en Un Certain Regard en 2021, desprende, además, la frescura de un film poco condicionado por los corsés, modelos y tendencias que dominan los circuitos de festivales y los film labs. Marie Madeleine arranca en medio del bullicio caótico de las calles de Jacmel, mientras que un buen samaritano, Joseph, intenta infructuosamente que acojan a una prostituta herida, Marie Madeleine, en el hospital. La falta de misericordia hacia la mujer contrasta (o no) con los mensajes religiosos que exhiben, en pintorescos colores, la mayoría de automóviles que transitan por la ciudad. El paisaje urbano confirma que el evangelismo se extiende por todo el país. Incluso acaban de abrir una iglesia delante del burdel donde trabaja Marie Madeleine, a quien da vida la propia directora. El templo lo lleva el padre de Joseph, un pastor riguroso que lanza sermones condenatorios.

En su segundo largo, Généus confronta la rigidez del templo con la desinhibición y libertad que se respira en el burdel. A medio camino entre ambos, el bueno de Joseph, que fetichiza el recuerdo de su madre muerta, entabla una relación sin sexo con la protagonista, un vínculo que le permitirá reconciliarse con su propia sexualidad. Aunque víctima de la violencia, la directora dibuja a través de Marie Madeleine el retrato de una mujer fuerte y libre que se evade de la realidad sin problema: en una de las secuencias más insólitas del film la contemplamos en trance sobrevolando las calles de su ciudad. Como su protagonista, Généus también encara su película con una falta de rigidez digna de agradecer, en un film que combina elementos melodramáticos, fugas cuasi surreales y un retrato colorista y vivaz, a pesar de todo, de Haití.

En un momento, Marie Madeleine explica a Joseph el origen de su nombre (que desvincula de la tradición cristiana) en una historia ligada a su abuela también prostituta y a las masacres de pobres ejecutadas por los tonton macoute a las órdenes de los Duvalier. La protagonista recupera la memoria familiar y colectiva (ilustrada por unas pinturas naif en la pared) para trazar una genealogía de resistencia frente a las nuevas formas de violencia del estado. Audaz, cálida y llena de vida, la película ejerce también su propia forma de resistencia ante los discursos del odio y los modelos culturales neocoloniales.