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Aunque parezcan dos trabajos por completo distintos, cuando no opuestos, los cortos de Lee Changdong y Bi Gan que se han convertido en las inesperadas estrellas de la sección Zabaltegi Tabakalera, en el Festival de San Sebastián de este año, presentan más de un punto en común. Primero, por supuesto, el hecho de proceder de dos cineastas asiáticos de indudable prestigio que el certamen, además, acostumbra a programar con cierta frecuencia. Segundo, su condición de fetiche en torno a una visión del cortometraje como práctica tan o más importante que el largo: si Lee y Bi pueden hacerlo, todos los demás también. Y, en fin, una cuestión formal de no menor importancia, a saber, un cierto discurso sobre la ligereza/pesadez de las imágenes que recorre ambas propuestas con la misma intensidad, aunque a veces no lo parezca. Veamos, pues.

Mientras Heartbeat, de Lee, parece un ejercicio de corte realista, simple y liviano en concepción y ejecución, A Short Story, de Bi, se inclina por un barroquismo que empieza en su propia y confesa condición de fábula o cuento. Estamos ante la peripecia de un niño que corre hacia su casa desde la escuela temiendo que su madre se haya suicidado, todo ello filmado en un único travelling que se pega a su rostro para abandonarlo únicamente al final (Lee), y ante una narración fantástica que implica a un espantapájaros y un gato negro inscritos en paisajes de corte onírico donde intentarán demostrar algo a su audiencia (Bi). Y sin embargo, ¿acaso el dispositivo de Heartbeat no es tan enrevesado y artificioso como el de A Short Story? ¿No estamos ante dos filmes cuyo mayor anhelo parece ser exhibirse a sí mismos como artefactos que celebran el cine en su vertiente de ‘gran espectáculo’, por mucho que se disfracen de ‘gran arte’? Lee lleva al límite su habitual esplendor narrativo, paradójicamente, en una sola toma, pues lejos de intentar aprehender la realidad circundante, pretende expandirla para contar una gran historia familiar. Y Bi condensa sus dotes de esteta pos-posmoderno en una ‘historia corta’ que no solo se prolonga virtualmente más allá de su final, sino que encierra en sí misma mil y una imágenes, innumerables subtramas, cada una de ellas adornada con algún que otro truco visual. Todo explota a cada momento, como si se tratara de demostrar a la audiencia, sin descanso, que está ante sendos filmes de importancia, por mucho que se presenten en formato corto. Y así, este crítico no puede dejar de sentirse un poco abrumado por tanta insistencia y acaba prefiriendo a Lee y Bi cuando optan por el largo, donde todo eso, aun existiendo, queda diluido en relatos menos autocomplacientes.

Carlos Losilla

 

Heartbeat. Caiman Ediciones

 

Heartbeat (Lee Changdong)

Cortometraje de encargo en torno a la importancia de visibilizar la depresión, el film de Lee Changdong pretende representar el viaje impulsivo de un niño que, angustiado por lo ocurre en la intimidad de su hogar, abandona el aula y atraviesa las calles de la ciudad para volver a casa a reunirse con su madre, que convive con esta enfermedad mental y que la vecindad parece ignorar por completo. El sublime tratamiento del fondo choca de manera frontal con la forma: el autor decide contar esta historia en un solo y sobrecogedor plano secuencia que otorgue sentido al trayecto solitario del niño, que ponga en valor el acto impulsivo del abandono de la escuela y su travesía épica a través del edificio tratando de rescatar a su madre, solo que el plano secuencia ha sido falseado, troceado de manera minuciosa: el niño no deja de forzar el tropiezo con otros adultos durante su huida, encuentros que el montaje aprovecha para empalmar una toma con la siguiente y proponer una falsa sensación de naturalidad que derrumba las supuestas virtudes que dan sentido a filmar esta historia en un solo plano. La aparente espontaneidad del acto de registrar la realidad se transforma en una estudiada coreografía que acaba rozando lo perverso. El virtuosismo que podría tener una pirueta visual como esta queda desdibujado por la trampa, por el atajo tomado por el autor. Al final lo que queda es una pieza que intenta superponer la manera de acercarse al relato sobre el respeto por la enfermedad en sí. En el intento de espectacularizar los acontecimientos hay algo reprobable a nivel estético que impide justificar la innegable nobleza de su fondo.

Jonay Armas