La pregunta que plantea implícitamente Bob Trevino Likes It no es baladí: ¿estamos legitimados para situarnos por encima de esta película solo por tratarse de un producto explícitamente dirigido al gran público, concebido y ejecutado con la sutileza de un codazo en el estómago? ¿Es lícito sentenciar que el film no es ‘digno’ de estar en un festival de cine, que se trata de carnaza para un público poco exigente? Y por otra parte, ¿debemos dejar pasar que se trata de una ‘mala película’, que contraviene todas las reglas de lo que consideramos ‘buen cine’? ¿Qué diríamos de ella en un contexto más relajado, sin las presiones y los apriorismos que conlleva todo festival? Todas estas preguntas están interrelacionadas: se trata de una cuestión de reglas, de normas interiorizadas. Hemos decidido que el buen cine es aquel que cumple ciertas reglas y, en consecuencia, rechazamos todo lo que no se adapte a eso. Pues bien, el primer largometraje en solitario de Tracie Laymon no se adapta, es más, se enfrenta a las reglas del decoro cinematográfico que exigen contención y pudor, elegancia y discreción, y que sobre todo piden un trato educado con la audiencia. Bob Trevino Likes It utiliza los modales más arteros para hacer reír y llorar, para que el público se identifique sin matices con sus personajes, para que no haya un solo resquicio de libertad para los espectadores, que se ven forzados a reaccionar siempre tal como quiere el guion, tal como mandan sus pedestres imágenes. Y sin embargo… Y sin embargo el film de Laymon habla de emociones, de sentimientos, de relaciones humanas… ¿No estaremos –la crítica, la cinefilia– vedando el paso a otro cine posible, arrancando de raíz la eventualidad de un verdadero cine ‘popular’ en el futuro? ¿Solo debemos vivir de ‘filmes de festivales’ y de ‘puestas en escena’, con el elitismo y la desconexión con la realidad que ello conlleva?
Por mi parte, no tengo respuesta para estas cuestiones. Y me temo que tampoco Laymon, cuyo film –prepárense, cinéfilos– es la historia de una chica sin demasiado éxito en su vida familiar y social, despreciada por su propio padre, que encuentra un progenitor postizo en la figura de un contratista de obras que lleva su apellido, cuyo hijo murió hace diez años y al que conoce en Facebook. A partir de ahí, las risas y las lágrimas se suceden en una película que no oculta nada, que no quiere engañar a nadie, y que va directa al lacrimal del espectador o la espectadora, sobre todo en su parte final. Cada escena parece pensada para conquistar a la audiencia en un sentido o en otro, todo ello desde una perspectiva indie bastante discutible. Y los personajes, diseñados para una fácil identificación, pretenden personificar Grandes Temas de Nuestro Tiempo embutidos en una estructura de comedia de enredo y un aroma de autoayuda que en ningún momento se pone en entredicho: de la soledad contemporánea a la necesidad de amor, de las redes sociales a las enfermedades mentales, a través de un personaje femenino que no puede ser más positivo-y-entrañable, Bob Trevino Likes It parece un catálogo de tópicos hecho película. Hay una escena, sin embargo, que hace pensar en lo que pudo ser, un pequeño incidente en un baño doméstico que enfrenta a los dos protagonistas y que lleva a los personajes de un hecho insignificante a otra dimensión sin forzar las cosas, sin obligar a la audiencia a asumir los presupuestos del film. Entonces nos damos cuenta de que el film de Laymon ocurre entre gente corriente, jubilados y trabajadores, y que sus ambientes evocan una cierta poesía de lo cotidiano, muy propia de la cultura estadounidense, no demasiado habitual en el último cine de ese país. Bob Trevino Likes It, por supuesto, no da la talla al respecto en absoluto, exceptuando algún que otro momento como el mencionado, pero apunta a otra comedia posible. Y con eso vuelvo al principio, pues la paradoja, decíamos, hace pensar.
Carlos Losilla











