¿Qué sentido puede tener, a estas alturas, contar una historia como la que cuenta Grand Tour? ¿A quién puede interesarle una especie de drama amoroso sobre una pareja de europeos perdidos en Oriente, a principios del siglo XX, que parece sacada de una novela de Somerset Maugham (y en realidad así es, pero esa es otra cuestión)? ¿Qué interés puede tener un cineasta contemporáneo en este tipo de materiales, a no ser que adopte una perspectiva ‘deconstructiva’ o ‘irónica’, es decir, que ejerza algún tipo de ‘violencia’ sobre ellos? Por supuesto, y eso quiero decirles con estas preguntas retóricas, la inocencia y la ingenuidad ya no son posibles en tales operaciones. ¿O sí? ¿Es ‘inocencia’ e ‘ingenuidad’ lo que despliega Miguel Gomes en esta película extraordinaria, inagotable? Mis compañeros Carlos F. Heredero y Àngel Quintana ya dieron todo tipo de explicaciones al respecto en esta misma página web cuando Grand Tour se estrenó en el festival de Cannes, por lo que no merece la pena abundar en ello. Permítanme, pues, que me vaya por otro lado y añada que Grand Tour no es una película cínica ni altiva respecto a ese tipo de ficciones, que nunca las mira por encima del hombro, que su actitud ante ellas es casi arqueológica, pero nunca pierde la emoción: escarba y cava en sus capas y niveles para ver qué había detrás y cómo se puede mover ese sustrato en el cine del siglo XXI.

Para empezar, se trata de una película con bisagra incorporada, partida en dos: 1) un caballero británico huye de su novia el día de su boda, mientras ella lo persigue fuera de campo en su improvisado, un tanto absurdo periplo por Oriente; 2) una joven británica persigue por unos cuantos países orientales a su novio, que ha huido de ella el día de su boda, convencida de que está equivocado. Por supuesto, estamos ante la misma historia, pero contada dos veces. La primera parte lo sigue a él, mientras que la segunda la sigue a ella. Y ambas se cruzan en un espacio imaginario, que no es otro que el del espectador, donde se superponen y se devoran la una a la otra, como si al contarnos cómo termina la deriva de la muchacha se nos estuviera narrando, igualmente, dónde está él. O al revés. Cuando la película acaba no queda nada: esas historias se han convertido en fantasmagoría, en pura niebla, como se visualiza bellamente en una escena del film. Y el añadido de partes que hacen las veces de anacronismos visuales y musicales, localizadas en la actualidad, a modo de documental fragmentado, no hace otra cosa que insistir en ese aspecto: dado que el tiempo no existe, es un ente abstracto e inventado, pasado y presente pueden convivir fundiéndose y alterándose mutuamente. Los idiomas se suceden de manera inverosímil –del portugués y el inglés al japonés o el chino– y una narración en off termina de dejar al descubierto tanto el artificio del blanco y negro –tampoco estamos ante una reconstrucción nostálgica– como la verdadera intención del conjunto: este es un film sobre la desaparición, de un personaje pero también de un tipo de relato, cuyo desvanecimiento se narra aquí con todo lujo de detalles. Y los posibles referentes –del propio Somerset Maugham a Conrad, pero igualmente Henry James y Roberto Bolaño– también se esfuman para dejar paso al trabajo incesante de nuestro imaginario cultural, que a la vez se devuelve a la vida y se pone en cuestión, incluso desde una perspectiva política. Grand Tour pone en escena el que debería ser uno de los grandes desafíos del cine contemporáneo, pues consigue convertirse en un film de dos horas y media sobre una pura ausencia, que todavía persiste, sin embargo, a la manera de un murmullo incesante. Es decir, logra narrar ese murmullo.

Carlos Losilla