La nueva película de Adrián Orr se erige como una carta de amor a esos momentos en que los amigos, quienes nos han acompañado durante las primeras etapas de la vida con la fuerza de la juventud y la intensidad arrolladora de los sentimientos, forman el mundo en el que vivimos. Los compañeros de las primeras borracheras, los primeros enfados, las primeras aventuras o los viajes de verano. Orr subraya su intención de homenajear una realidad, tanto desde dentro de la narración (la obra de teatro) como desde la forma (la propia película), honrando a esas personas que se convierten en el lugar seguro al que aferrarse cuando todo lo demás se vuelve inestable y cambiante. Mediante destellos que recorren fragmentos de vida, la película busca transmitir una emoción universal a través de una pieza eléctrica y vibrante que retrata esta etapa sin romantizarla, con las luces y sombras propias de la edad. Captura, como una fotografía en constante movimiento, un momento en que a los protagonistas les gustaría detener el tiempo, y que, a través de la filmación, ese ‘algo’ efímero permanecerá para siempre.

La película acepta el cambio y la fluctuación en una etapa en la que parece que el siguiente paso determinará el resto de nuestras vidas, en la que todo se vive desde las entrañas. Orr construye este pulso dinámico acompañado por la montadora Ana Pfaff, acostumbrada a reflejar la vida de diferentes juventudes con actores no profesionales  (Alcarrás, Libertad o Verano 1993). A través del montaje perfilan una película llena de saltos emocionales y pequeños retazos de momentos que determinan la vida de los jóvenes, sin más intención que la de mostrar una etapa vital, con diferentes y rápidos instantes que irradian la sensación de estar siempre al límite. Los chicos se ponen a merced del director, quien busca el encuentro con una juventud única y, a la vez, universal. La película deja un poso agridulce que transita el paso del tiempo y remarca la intención de no presentarla como una simple historia de aventuras y desventuras, sino como una vista atrás y un encuentro con la memoria, historias fugaces de elementos del pasado al que podemos acceder como espectadores, cada uno en su propio universo, mediante los atisbos del recuerdo.

Clara Tejerina