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Existe una corriente dentro del audiovisual indie estadounidense que busca representar explícitamente el deseo y las relaciones interpersonales desde un enfoque cada vez más alejado de lo normativo. PVT Chat (Ben Hozie, 2020), Girls (Lena Dunham, 2012-2017) o Broad City (Ilana Glazer y Abbi Jacobson, 2014-2019) son algunos ejemplos de estas historias de jóvenes adultos pasando por relaciones y crisis de identidad en el día a día en la ciudad de Nueva York. Este último, además, junto a un film como Shiva Baby (Emma Seligman, 2020), explora la intersección entre género e identidad étnica, retratando a protagonistas judías en tensión constante con su familia y su tradición religiosa. The Feeling That The Time For Doing Something Has Passed, debut de Joanna Arrow en el largometraje, sigue los pasos de estas narrativas a través del retrato de Ann: una treintañera (interpretada también con humor socarrón por la directora) que divide sus días entre un trabajo de oficina rutinario, visitas a sus padres judíos y encuentros sexuales de naturaleza (en su mayoría) sadomasoquista. Con una estructura narrativa que divide el film en cinco partes (cuyos títulos corresponden a el o los hombres con los que Ann mantiene relaciones de diversa índole –Peter Vack incluido–) y con una multiplicidad escenas de sexo incómodas –algo reforzado por la ausencia de música en casi todo el metraje–, Arrow lanza preguntas en torno a las relaciones de poder implícitas en las dinámicas del BDSM. ¿Nos incomoda ver este retrato solo porque no es normativo? ¿O porque lo identificamos como misógino y desigual, como al inicio lo indica la propia protagonista? ¿Hay una imposibilidad de vínculo emocional en relaciones de esta naturaleza?

Todas estas son preguntas que la directora conscientemente deja sin respuesta, retratando el viaje de esta joven que aprende y desaprende constantemente los límites necesarios para alcanzar una relación sana. Un viaje no lineal y, por ende, realista, que a través de un relato particular habla sobre la situación sexual y sentimental de toda una generación. Sí que cabe preguntarse por qué dentro de esta representación libre y sin tapujos de la sexualidad solo está presente el desnudo femenino, mostrando el cuerpo no normativo de Ann de pies a cabeza mientras los cuerpos masculinos se mantienen completamente vestidos. ¿Será este un metacomentario sobre la hipocresía de la industria audiovisual frente a la desnudez? Puede ser, pero no está del todo claro, y este es quizás el punto más cuestionable del film. Daniela Urzola