Felipe Rodríguez Torres

Presencia y ausencia son antónimos. El término de presencia también se utiliza como manera de indicar o percibir una entidad sobrenatural, normalmente relacionada con una persona fallecida. Una persona fallecida cuyos familiares y seres queridos dicen notar su ausencia. Y a partir de estos dos ejes, Lucía Aleñar Iglesias construye su primer largometraje, Forastera. Un estudio tan acerado como emocional acerca del duelo tras la pérdida inesperada de un ser querido que, además, se atreve a juguetear de manera absolutamente brillante con la relación entre lo real y lo sobrenatural, no desde un punto de vista fantástico o esotérico, sino desde la perspectiva del poder que los vivos tienen para la permanencia del recuerdo de los muertos y como eso repercute y se manifiesta de manera visible en la cotidianeidad.

Algo que acerca a Forastera a otros trabajos que coquetean con una idea parecida y que, al igual que esta, se encuentran entre los filmes más interesantes de los últimos años: Personal Shopper (2016), de Olivier Assayas, y Falcon Lake (2022), el debut en la dirección de Charlotte Le Bon. Sobre todo esta última, porque en ambas el periodo estival y la casa de veraneo, más el entorno idílico, ya sea rural o de playa -espacios poco habituales para la manifestación de lo sobrenatural-, son reconfigurados desde sus primeros compases, a partir de una puesta en escena que cubre y rodea de una bruma surreal y fantasmagórica lo cotidiano.

Además, Aleñar Iglesias se atreve en cierta manera a deconstruir y dar la vuelta a un clásico de la fantasmagoría y permanencia de los muertos en la memoria, el Vértigo (1958) de Hitchcock, pero invirtiendo el punto de vista, digamos, de James Stewart a Kim Novak, y su particular proceso de obsesión e incapacidad para superar la pérdida. Un ejercicio magistral, que sitúa frente a frente el eros y el thanatos, donde el coming of age adolescente estival y su despertar sexual se dan la mano con lo mortuorio y crepuscular, permitiendo que ambos universos coexistan en paralelo, única manera de superar el duelo y la pérdida.