Carlos Losilla
A la ópera prima de Kristen Stewart como directora, La cronología del agua, no le faltan ambiciones. Al parecer, se trata de una adaptación fiel del libro del mismo título de Lidia Yuknavitch en que se basa, pero también es cierto que la película intenta desde el principio marcar sus propias fronteras desde una perspectiva (audio)visual, encontrar un estilo propio. Volvemos un poco al territorio de La chica zurda, también presente en esta Seminci: ¿hasta qué punto se puede filmar una realidad incómoda utilizando imágenes tan seductoras como las que nos ocupan? Pues La cronología del agua será todo lo dolorosa que quieran –o que quiera su directora y guionista–, pero acaba resultando una experiencia reconfortante, por lo menos desde una perspectiva estética: del videoclip a la imagen publicitaria, todo cabe en ella para reconvertirla en un vistoso poema trágico, que quiere acercarse a la cultura beat y acaba más bien asociado con cierta poesía existencialista del pop finisecular: no en vano Kim Gordon, parte integrante de los míticos Sonic Youth, interpreta aquí un papel secundario.
Habrá que alabar, entonces, el sentido del timing de los programadores de Seminci: en una sección oficial marcada por un intrigante sesgo acuático, entre otras cosas que vamos desgranando aquí estos días, el film de Stewart parece la adecuada continuación de Cuando un río se convierte en mar, el trabajo del catalán Pere Vilà programado en sus inmediaciones. Nada más lejos de mi intención que comparar a los dos cineastas –opuestos en todos los sentidos–, pero hay que reconocer que la repetición de temas y motivos se produce entre ambos de manera inquietante: la vida es como un río que va a dar en la mar, que decía el poeta, pero se trata de un río turbulento, oscuro y fangoso, por lo menos desde la perspectiva de Stewart y Vilà. En La cronología del agua, el elemento líquido es el hilo conductor de una vida marcada por el dolor, la de una mujer que quiere ser escritora pero para lograrlo ha de pasar por un padre abusador, una adicción devastadora y la muerte de un hijo recién nacido, entre otras calamidades. Ni siquiera un divertido Jim Belushi interpretando a Ken Kesey, su profesor de literatura, la salva de la pesadumbre. Y Stewart ilustra ese itinerario con una narración adecuadamente entrecortada, que apenas distingue entre pasado y presente –de nuevo el tiempo como materia de la que está hecho el cine– y que se desarrolla a trompicones, o más bien a golpes, desde la infancia a la madurez. ¿Serán estas las sagas de nuestro tiempo, un desfile de vacíos que debemos rellenar sin miedo al abismo de un esteticismo igualmente renovado? Sin duda Stewart se muestra un tanto pagada de sí misma a cada escena, como si estuviera descubriendo mil y un lenguajes nuevos entre toma y toma, pero también es cierto que su film resulta perturbador, se abre en canal para quiera alojarse en sus escuetas carnes y a veces no duda en recurrir a una estimulante experimentación con tal de rehuir el más vulgar de los melodramas, aquello a lo que la historia que cuenta parecía predestinada.











