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El primer largometraje de Federico Schmukler parte de una premisa firme, asimilar la bancarrota financiera y política en Argentina durante la crisis de 2001, dando cuenta del desempleo y los recortes salariales, con la descomposición emocional de una familia pequeñoburguesa cuyos integrantes defienden diferentes posturas ante el conflicto. El padre, cosmopolita y arribista que considera Córdoba como una ciudad campesina en la que “si les ofrecen Gin, igualmente piden Fernet”, vive en Buenos Aires y mantiene una disputa con los trabajadores de la zona. La madre, por el contrario, vive en Córdoba y realiza trabajo social en las villas. En medio de la batalla, atravesado por ambas ciudades y testigo del resquebrajamiento económico y familiar, queda Felipe, un niño que sueña dejar de serlo, cuyo mecanismo de defensa ante la pugna es huir de casa y que solo encuentra un atisbo de ilusión en el posible amor de Lucía, la vecina de al lado.

El problema de Felipe es que no acaba de descubrir el punto de encuentro entre sus dos líneas dramáticas. El coming of age del niño, filmado siempre con la cámara aferrada a un primer plano de su rostro, queda desdibujado precisamente por la ausencia continuada de contraplanos que detallen la afectación del contexto en la psicología de un personaje cuyo arco de transformación es especialmente pobre (Felipe, quien decide ‘escapar’ en el último acto, trata continuadamente de hacer lo mismo en los primeros compases de la película). Por otro lado, el retrato de la crisis del país se aborda desde un conflicto burdo del que precisamos más información para poder comprenderlo en profundidad (¿en qué trabaja exactamente el padre y por qué está enfrentado a los trabajadores?). Schmukler no ofrece las pistas suficientes y, para forzar la tensión dramática, acaba recurriendo a recursos maniqueos en los que los trabajadores (presumiblemente, las verdaderas víctimas del colapso económico), terminan transformándose en verdugos, barbudos y malencarados, que persiguen a los protagonistas por supermercados mientras la música extradiegética refuerza su condición de villanos. Yago de Torres