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En 1886 Arthur Rimbaud se encontraba en la ciudad portuaria de Tadjoura esperando la llegada de un cargamento de armas que debía llevar al reino de Shoa en Abisinia. Con su venta pretendía obtener el dinero suficiente para regresar a su Francia natal y retirarse. Este es el hecho, casi anecdótico, de la vida del poeta que Pedro Aguilera ha escogido para su acercamiento al escritor. En su lado más documental, Splendid Hotel parte de las cartas que Rimbaud intercambiara con su familia y se vale de fotografías de archivo de la época para ilustrar la narración. Pero a la manera del simbolismo, el cineasta huye de la descripción objetiva y el relato historicista de los hechos (los tiempos más bien chocan y la acción se traslada del cuerno de África a Marruecos) para, a la búsqueda de algo más, conectar también la película con la tradición del extranjero exiliado y la deriva más moderna del existencialismo de otro francés, Albert Camus.

En la cinta Rimbaud es un personaje a la deriva, un vagabundo desorientado en un mundo extraño que, con impulso febril, vaga por el puerto, las calles sinuosas de una medina árabe, una playa volcánica, el desierto y las dependencias de un funcionario que rehúsa una y otra vez firmar los permisos necesarios para que pueda llevar a término su aventura. Y así, la historia de Rimbaud en África es la de un bucle sinsentido, la de la espera de un acontecimiento que nunca llega, y nos enfrenta a la repetición de imágenes, a las constantes idas y venidas de un personaje errático (interpretado por Damien Bonnard, coguionista y coproductor de la película) a punto de desfallecer en cualquier instante. En Noche del infierno (1873) escribía el poeta: “Me creo en el infierno, por lo tanto estoy en él”. Porque, ¿acaso la estancia de Rimbaud en África no fue, en realidad, su particular temporada en el infierno? Aguilera invoca el espíritu del poeta y deja que su fantasma invada las imágenes abandonando toda proyección maldita de quien, en busca de la libertad que no encontró en la poesía, lo abandonó todo para convertirse en un hombre estancado, condenado a la repetición y, en última instancia, a la desaparición.

Elsa Tébar