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Se puede no olvidar un sentimiento, pero sí a la persona o el momento clave en el que se sintió. Lúa, techno y lo que queda de él es un cortometraje escrito y dirigido por Carlos Baixauli. Bajo la perspectiva de Lúa, se da vida a un recuerdo borroso, que lucha por volver a florecer. Mensajes de texto, palabras que no se escuchan y una cara borrosa es lo que se puede ver de él, la persona que pertenecía al pasado de Lúa y trata de volver. Él, sinónimo del color rojo, parece perderse entre los recuerdos, pues su voz es muda y su rostro difuso. Se ve lo que Lúa ve, se escucha lo que ella escucha y, gracias a la carga simbólica, hasta se siente.

Al igual que el rojo con él, el color verde inunda la imagen cuando Lúa aparece. Un cuadro al que pone fin volviendo a pintar encima; sus uñas, sábanas, ropa, cartas y hasta el entorno en el que se encuentra, rodeada de naranjos, son verdes. Su entorno es verde, su forma de conectar consigo también. Así se encuentra, pensando en sí misma, disfrutando del techno sin necesidad de compañía. No obstante, en el momento que vuelven a quedar, se enciende la chispa, tanto figurada como literalmente. Empieza a reaparecer el rojo en la vida de Lúa, un rojo que ya no veía ni sentía. Mediante metáforas muestra cómo recupera ese recuerdo escondido.

No es casual el color al que se asocia cada uno de los personajes, pues el verde y el rojo son complementarios. Tampoco lo es la carta que escogen. Ni que Lúa cambie de una sintonía religiosa, que habla de la navidad y el nacimiento de Cristo, al techno más puro. Todo ello va cobrando sentido cuando el deseo y el rojo se van apoderando de Lúa, cogiendo fuerza el recuerdo. Una forma de entender los sentimientos a través de la experimentación cinematográfica. Lúa, techno y lo que queda de él bebe directamente de la cultura valenciana, a través de la cual explora las emociones. Los años noventa no solo se reencarnan en el formato analógico en el que está grabado este cortometraje, sino que también están presentes en el techno que escucha Lúa. Los inicios de los noventa valencianos dieron lugar a la Ruta del Bakalao, donde esta música junto a estupefacientes eran lo habitual. También aparece la naranja Valencia, considerada de las más dulces, pero esta se convierte en una roja ciruela que Lúa no duda en morder. Todos estos pasos que poco a poco nos acercan tanto a la cultura valenciana como a él, acaban en el fuego, que purifica para dar paso a algo nuevo a través de la destrucción.

Cada pequeño detalle cuenta algo nuevo, cada idea se materializa en una metáfora, cada silencio se llena con palabras escritas. No escuchar sino leer llamadas cobra tanto significado como dos colores complementarios. Una forma de entender que no se puede revivir algo que ya pasó, pero sí se puede mejorar tras lo aprendido. Llena de metáforas, simbología valenciana y sentimientos, Lúa, techno y lo que queda de él es un viaje de emociones entre un pretérito desconocido y un futuro por conocer. Sofía García Carrasco


¿A dónde les lleva un “estoy llorando por ti, estoy llorando por cosas de ayer, y cada día, cada día que pasa, me duele más”? El dos de bastos de Edu Rovira como cartel de la película de Carlos Baixauli envuelto en enredaderas por la zona roja boca abajo, con el basto verde presidiendo boca arriba, nos dará una pista introductoria sobre el fondo y forma por el que se envolverá tanto a su protagonista como al espectador o espectadora. Brigitte C. Fattah Marichal (directora de arte) y Andrés G. Coello (director de fotografía) crearán una pieza poética y surrealista en una lucha de colores fuertes. La labor de montaje de Víctor Berlín, el cual será pausado y sencillo –a excepción de la reconstrucción de ‘él’ con las instantáneas de negativos–, se anuncia contrariado a lo que la música techno acostumbra a pedir. Un montaje bien encajado dejando espacio a la observación de los numerosos detalles y como contraste apropiado sobre la simbología de la ruptura de la pareja. Conocerán a Lúa (Noa Dahlander) a través de un espejo tanto bebiendo en pajita, como bailando, sobrepintando, descansando y respirando verde… bajo la desinhibición de música techno entre los recuerdos borrados de él (Javier Domingo). Una reminiscencia siempre subrayada por el rojo. ¿Quién es ‘él’? ¿Un amante del cine ruso vanguardista y de Won Kar-Wai que fuma y se reencuentra con sus propias imágenes de melancolía en un televisor? Así mismo la película ha sido tratada de manera analógica, un pulso nostálgico al amor por el cine frente al mundo digitalizado de hoy. ¿Cómo fueron Lúa y él estando juntos? Lúa recuerda sus escenas sin saber muy bien de qué hablaban. Será una tirada de cartas la que convertirá una apuesta perdida en un disfrute contenido de carmín rojo corrido y que de paso ese placer, entre las siguientes sucesiones misteriosas con cada uno de sus elementos como símbolos clave. Que el rojo quede siempre en pie y nunca nos deje olvidar, una pareja de bastos de colores contrarios quizá siempre estará unida y deje un vínculo difícil de soltar. Será una raya roja de pintura casi fantasmal la que transgreda un lienzo conscientemente chromado, hasta que madure en fruta, y se pueda comer prohibida. El fuego lo arderá todo, dando fe de ello dejando en una cruz que sobresaldrá de la obra de esta relación. Una ventana separará la falla de este cuadro de la sonrisa de Lúa con la luz de, por fin, una lámpara verde.

Esta composición audiovisual ofrece una serie de vestigios enigmáticos, aparentemente muy encaminados a una conclusión íntima de Carlos Baixauli y al mismo tiempo dejando lugar al juego de la reconstrucción personal por cada diferente mirada del público. Textos, grano en la imagen, formatos atemporales, reflejos, un único zoom, un ligero toque de Deseando amar (Wong Kar-Wai, 2000) y mucha naturaleza explotan el inconsciente de Carlos Baixauli en un orden unido por el caos. Las cantaditas, las rupturas, las fallas y el placer más secreto del amor, son así. Y cada día que pasa, duelen más. Carmen Osadía