Carlos F. Heredero
Se puede recurrir al mayor tópico de todos (la mejor esencia se sirve en frascos pequeñitos) o volver a pensar el arte fílmico de contar historias como un destilado muy concentrado de imágenes esenciales. Daría lo mismo una opción o la otra para tratar de transmitir de qué manera, casi milagrosa, el polaco Pawlikowski consigue contar tanto (pasan muchísimas cosas en este relato), sugerir dimensiones biográficas y dramáticas tan hondas, y convocar ecos tan decisivos de la Historia entera de Europa en el siglo XX, en tan solo 75 escuetos y exactos minutos, ni uno más, ni uno menos. Arte de la síntesis y del montaje, de la extracción y de la elipsis, de la sugerencia y de la resonancia, pero también de la mirada y de la comprensión de un mundo entero que se refleja en el drama íntimo de una figura histórica.
Y esa figura es la del escritor Thomas Mann, que regresa desde Estados Unidos a su Alemania natal en compañía de su hija para celebrar en 1949, tras la reciente derrota del nazismo, el 200 aniversario del nacimiento de Goethe. Primero en el Frankfurt occidental, bajo la estrecha vigilancia de la CIA y de los norteamericanos que bailan en lujos hoteles entre antiguos nazis ahora confundidos entre los vencedores…, y luego en la comunista Weimar, en la zona oriental, bajo el férreo control de los soviéticos y de la coreografía comunista de la época, el prestigioso premio Nobel de Literatura se deja homenajear por unos y por otros a la vez que satisface su ego y trata de hacer equilibrios para no casarse del todo con ninguno de los dos bandos que, en aquella precisa coyuntura histórica, se reparten su país natal. Viaje de retorno a la patria de la que se había marchado huyendo del fascismo, el itinerario de Mann y de su hija por las dos ‘nuevas Alemanias’ que emergen en aquel contexto (igual de irreconocibles ahora para él) es también, en el film de Pawlikowski, un descenso a los infiernos de la herida más dolorosa que arrastra el escritor: el alejamiento implacable que mantenía con su hijo Klaus, y el suicidio de este, frente al que reacciona con coraza de hierro y con una fría mezcla de soberbia y de altanería patriarcal ante la incomprensión de su hija.
La división trágica de la ‘tierra’ paterna resuena sobre la escisión dolorosa de la ‘herida’ paternofilial, y viceversa, dentro de esta resonante pieza de cámara filmada en un exigente blanco y negro, en formato 1:1,33, con la mayoría de las situaciones encerradas en oscuros interiores, con casi todos sus planos fijos y de corta duración, y con la cámara casi siempre angulada en suaves, pero constantes picados sobre los personajes, como si el peso de la Historia (de la Historia entera de Europa en el momento más trascendental de su reconstrucción, con el huevo de la serpiente todavía palpitante tras la catástrofe del Holocausto), se hiciera visualmente patente, a modo de losa, sobre la historia individual de sus empequeñecidos protagonistas, sobre el drama íntimo que arrastran.
Trazada con tiralíneas en su rápido y elíptico discurrir narrativo que no lo parece, puesto que creemos asistir a una pausada y lenta meditación introspectiva bajo la que resuenan los ecos más trágicos de la Gran Historia, Fatherland se adentra finalmente en una hermosa digresión de emocionante estirpe rosselliniana. Y es que no son solo los ecos escenográficos de Alemania, año cero (1948) en el retrato de las calles y de las plazas los que resuenan bajo sus ascéticas imágenes, sino más específicamente los de Viaggio in Italia (1954) los que se hacen presentes por partida doble: en el viaje transformador de un hombre y una mujer por un país que ya no pueden reconocer como suyo y por ese momento, de emocionante vibración lírica, en el que la cámara, que parece seguir los caminos de la hija de Mann, se adentra en un bosque que alberga misteriosas estatuas que parecen renacer de un pasado ancestral.
Que la película desemboque en una sobria y respetuosa elegía de Juan Sebastian Bach (la figura a quien tanto el escritor como su hijo reconocían como el creador capaz de simbolizar la voz del arte que puede curar las heridas más traumáticas de la Historia), en paralelo a una trémula catarsis familiar que se alimenta de la misma música (en una de las secuencias más hermosas que este crítico ha visto en los últimos años), es el colofón más digno y más resonante que puede encontrar esta obra hecha de autoexigencia y de rigor, y cuya minuciosa estilización formal construye un delicado y elegante trenzado de ascéticas imágenes en las que confluyen la literatura, el cine y la Historia de un continente sobre cuyo presente vuelven a proyectarse hoy las más negras amenazas de aquel aterrador pretérito.
Àngel Quintana
El escritor irlandés Colm Tóibín retrata en la parte final de El mago, su biografía sobre Thomas Mann y su familia, el regreso del escritor a Alemania después del exilio y de la devastación moral provocada por el nazismo. A partir de apenas una veintena de páginas del libro, Pawel Pawlikowski articula una película de enorme densidad emocional y política sobre lo que implica el imposible retorno a una patria que ha dejado de existir. Fatherland no es únicamente una película sobre el regreso físico de Thomas Mann, premio Nobel de literatura, sino la constatación de que la Alemania a la que vuelve ha dejado de ser reconocible. El humanismo burgués y cosmopolita que Mann había representado parece haber desaparecido bajo las ruinas de la barbarie y la devastación moral del nazismo. La cultura alemana, que para el escritor constituía una tradición moral e intelectual, aparece contaminada por el horror histórico. Pawlikowski filma los ecos de esta fractura con extraordinaria sobriedad. Mann (Hans Zischler) se desplaza junto con su hija Erika (Sandra Hüller) por las ruinas de Frankfurt y Weimar, en el momento en que conoce el suicidio en Cannes de su hijo Klaus Mann, autor de Mephisto. Durante este trayecto, cada conversación, cada gesto diplomático, cada recepción oficial está atravesada por una incomodidad latente, por la sensación de que ningún discurso puede llegar a reparar verdaderamente una catástrofe, que en el fondo implica la rendición moral de Europa.
Pawel Pawlikowski evita toda tentación hagiográfica. El Thomas Mann de Fatherland no aparece como un monumento literario ni como una conciencia moral incontestable, sino como un hombre melancólico, agotado y superado por las circunstancias históricas. Pawlikowski muestra a un personaje atrapado entre el prestigio público y una profunda fragilidad íntima, acentuada por el dolor del suicidio del hijo. El escritor comprende que se ha convertido en símbolo de una Alemania culta y democrática que quizás nunca existió plenamente fuera de la imaginación humanista europea. Esa conciencia convierte cada aparición pública en una experiencia dolorosa y espectral. Uno de los aspectos más conmovedores del film es la presencia latente del hijo Klaus Mann, cuya sombra nihilista atraviesa el relato. El autor de Mephisto es presentado como un escritor brillante y autodestructivo; Klaus Mann encarna la imposibilidad de reconciliación entre la sensibilidad moderna y un mundo destruido por la violencia histórica. Su desesperación, que terminará conduciéndolo al suicidio, aparece como el reverso oscuro del humanismo paterno. Allí donde Thomas Mann todavía intenta preservar una cierta fe en la cultura y en la razón, Klaus percibe únicamente vacío y el agotamiento moral. Pawlikowski introduce esta tensión familiar con enorme delicadeza, basta una mirada o una frase suspendida para revelar el abismo que separa a ambos personajes.
Es precisamente en esa economía narrativa donde reside una de las mayores virtudes de Fatherland, cuya duración no supera los 75 minutos. Pawlikowski demuestra una vez más una precisión de escritura excepcional. La película posee la capacidad de decirlo todo a partir de encuentros breves, silencios o diálogos mínimos. No hay grandes discursos explicativos ni subrayados dramáticos. El cineasta confía plenamente en la fuerza de la elipsis y en el peso emocional de los rostros. Cada secuencia, como la rueda de prensa que realiza en Frankfurt, parece contener una complejidad histórica y afectiva mucho mayor de la que muestra explícitamente. Cada pregunta resume un mundo y atraviesa los grandes temas de la postguerra. Por otra parte el recorrido de la película –de Frankfurt, en la Alemania occidental, a Weimar, en la Alemania comunista– permite situar la figura de Thomas Mann en el centro de las contradicciones de la Guerra Fría. Ambas Alemanias intentan apropiarse simbólicamente del escritor y convertirlo en emblema de legitimidad cultural. Pawlikowski retrata con extraordinaria sutileza ese juego político, mostrando cómo Mann queda atrapado entre dos sistemas enfrentados que instrumentalizan su figura mientras el país continúa dividido material y moralmente. El viaje a Weimar, ciudad cargada de historia cultural alemana y convertida ahora en territorio socialista, adquiere una dimensión particularmente amarga. Weimar implica el regreso al corazón simbólico de la cultura alemana se transforma en la constatación definitiva de una pérdida irreparable, ya que en las afueras de la ciudad se encuentra el campo de concentración Bunchewald, convertido en 1949 en campo de depuración estalinista.
Rodada en blanco y negro, Fatherland prolonga el estilo austero y depurado que Pawlikowski ha ido perfeccionando con Ida (2013) y Cold War (2018). La composición rigurosa de los encuadres, la contención interpretativa y el uso expresivo de los silencios crean una atmósfera de melancolía permanente que llega a su culminación en la escena final puntuada por un órgano que interpreta la cantata 147 de Bach. Detrás de esa aparente sencillez formal se esconde una reflexión profundamente compleja sobre la memoria, el exilio y la responsabilidad moral de los intelectuales europeos. Fatherland termina siendo una gran meditación sobre el derrumbe de una cierta idea de Europa. Pawlikowski filma el final de un mundo basado en la confianza humanista en la cultura como refugio moral frente a la barbarie. Lo que queda después es apenas un territorio de ruinas, silencios y fantasmas que Thomas Mann recorre con una mezcla de dignidad, tristeza y desconcierto. Un final de un mundo cuyos ecos también resuenan en nuestro presente








