Carlos Losilla

La ligereza del cine es signo de los tiempos, seguramente en oposición a la gravosa pesadez de la época. En este festival, por ejemplo, hemos visto Nouvelle Vague (Richard Linklater), que consigue convertir en una comedia ligera aquello que podría ser un pesado mamotreto historiográfico: no importa tanto que se nos ilustre acerca de la Nouvelle Vague como convertirla en una aventura juvenil, en la hazaña de unos cuantos chicos y chicas de finales de los cincuenta que consiguieron hacer cine a partir de su tozudez, incluso de su pedantería, en cualquier caso de sus ganas de romper con herencias y normas. Digamos que el primer largometraje de Jaume Claret Muxart tiene algo de eso: una película sobre el agua más que sobre el Danubio, sobre ir en bicicleta más que sobre el paso a la vida adulta, sobre tocarse más que sobre enamorarse… El protagonista es un muchacho que no va en busca de sí mismo, sino de su entorno. Y la suya es una familia que no le ayuda ni entorpece en nada que no sea mirar, ver por sí mismo, algo que seguramente hubiera hecho también solo. Extraño río basa su maravilloso estado de suspensión en una mirada que se enamora del mundo, pero que igualmente aprende a temerlo, a saber de su extraña influencia en nuestras vidas.

Unas vacaciones familiares, un viaje en bicicleta, el fantasmagórico encuentro con un mundo sumergido que atrae y fascina, el encuentro con el otro y la transformación… Con estos materiales, tan vistos y predecibles, la película de Claret podría haber sido un melodrama resabiado, un manifiesto juvenil, una imitación de cualquier otra película similar… En cambio, su condición acuática penetra en la cámara y la convierte en un ojo que se desliza y se lleva consigo todos nuestros apriorismos acerca de lo que significa filmar o poner en escena. No es que revolucione nada: es que pasa por encima de todo reclamando otro estatus, igual que el chico protagonista reclama otro universo en el que existir. El cine posibilita ese espacio renovado, y de ahí su poder. No hay discursos, no hay grandes exclamaciones, pero tampoco forzamiento alguno de una sutileza impostada, tampoco ganas de ser original y rompedor. Todo surge porque tiene que surgir, y el deseo por el cuerpo del otro es la consecuencia de una breve panorámica que se sumerge en zonas que no conocía, y que a nosotros, como espectadores, no hacen otra cosa que asombrarnos, maravillarnos. Hasta el punto de que la parte final quizá se detenga demasiado, deje de moverse con las ondas del agua del río y quiera existir por sí misma, como si se viera en la obligación de decirnos algo: sobre los cuerpos que nacen a la vida, sobre lo que significa eso, sobre nuevas identidades. No hacía falta, primero porque ya lo habíamos visto y segundo porque acaba solidificando unas formas que no lo necesitaban. En cualquier caso, si cierto cine español se dirige imparable hacia lo físico –la parte imaginada de Romería, pongamos por caso–, Extraño río puede que sea su paradigma.