Cristina Aparicio
Cuenta la leyenda que existe una bestia por aquellos lugares responsable de la muerte de muchas mujeres del pueblo. Ver a la bestia significaba enfermar, caer en una especie de sueño extraño del que era difícil salir. Si no ardemos, cómo iluminar la noche se adentra en el poder de los cuentos, de las historias que se transmiten para poder explicar los peligros que habitan el mundo. La primera vez que se menciona a la bestia sucede por casualidad, en una historia con tintes fantásticos a la que dar poca o nula credibilidad por imposible. Más tarde, esta historia adquiere un estatus más oficial al ser contada por una voz sabia del pueblo, una mujer que cuenta con la admiración del resto de habitantes. El relato oral de la leyenda es acompañado por imágenes en blanco y negro que funcionan a modo de flashback. Se trata de una recreación que no muestra bestia o atrocidad alguna: son imágenes de la vida en el pueblo acompañadas por una voz en off que las sitúa en un pretérito indeterminado.
No será la primera vez que hagan su aparición los durmientes, lugareños que duermen en espacios, a priori, no habituales para ello. Sin embargo, es a partir de aquí cuando cobran pleno sentido esos planos descontextualizados que irrumpían de manera abrupta en la narración: la sociedad anestesiada, silenciosa y silenciada que perpetúa un podrido sistema de violencia contra las mujeres. Es por eso que Si no ardemos, cómo iluminar la noche es un combativo y rotundo alegato feminista, que advierte sobre la responsabilidad de las historias que nos contamos y los cuentos que decidimos creernos. Una película que mira de frente y despliega su naturaleza inconformista para intentar, también desde su condición de relato, iluminar todas las noches que están por llegar.











