Posts Tagged ‘Elsa Tébar’

Spencer (Pablo Larraín). San Sebastián 2021 – Película sorpresa

Spencer es la película sorpresa de esta edición del Festival de San Sebastián. Pablo Larraín deja su postura clara desde el principio: en el banquillo de los acusados se sienta la familia real británica. Y dado que la narración se sitúa en el pasado y conocemos el desenlace de la historia, la acusación se convierte fácilmente en veredicto de culpabilidad. No es un juicio, sin embargo, lo que vemos en pantalla, sino lo que en materia procesal suele venir más tarde: la vida dentro de una prisión. Salvo que se trate de medidas preventivas. Y si, además, el rótulo que abre la cinta habla de ‘fábula’ y de ‘verdad’, hay que prepararse para una película intensa, compleja y cuya sofisticación coloca al espectador a años luz de la célebre flema británica.

Diana Spencer no fue la marioneta que representara el papel que la reina directora tenía pensado para ella. Y Kristen Stewart hace suyas toda la angustia, la ansiedad y la enfermedad que cabrían imaginar a la princesa protagonista del cuento de terror. El brillo que rodea a Diana se apaga solo cuando abre las ventanas para asomarse al exterior del penal y muta en un pálido blanco fantasmal. Las vivas son fantasmas y las muertas caminan y hablan como si estuvieran vivas. El resto de los habitantes del castillo son los espectros de la familia cuya existencia real se pierde entre monocromías verdes, grises y marrones y los autómatas del servicio que, aunque querrían, no pueden separarse de las operaciones para las que han sido programados. Los rituales se coreografían al ritmo de la banda sonora de Jonny Greenwood, que alterna acordes clásicos a composiciones jazzísticas del siglo xxi. Conociendo la filmografía de Larraín el resultado no es una sorpresa, pero lo arriesgado de la propuesta supera las tan peligrosas expectativas.

 

Kuartk Valley (Maider Oleaga). San Sebastián 2021 – Zinemira

Kuartk Valley retrata un valle y sus habitantes desde el humor y un profundo respeto con una calidad cinematográfica nada desdeñable. En el año 2005, los habitantes del valle de Kuartango (Álava) comenzaron el rodaje de una película del oeste que ganó varios premios en la edición del Almería Western Film Festival de 2014, unos años después. José Luis Murga y Oier Martinez de Santos fueron los directores de Algo más que morir y la productora fue Prosopopeya Producciones. Maider Oleaga se presenta en el valle años después para rodar un documental al estilo del western sobre aquella aventura. La película demuestra dos cosas: que el género estadounidense por antonomasia también se puede rodar en el norte del país y que el trabajo colectivo y el amor y el respeto por el cine son capaces de conseguir lo muy poco probable. En las entrevistas rodadas según los dispositivos clásicos del género asistimos a situaciones cómicas, como la de la niña que empezó el rodaje con tres años y acabó con siete, ‘por lo que hubo que cambiarlo todo un poco’, o la del vecino que en su primera escena aparecía con un puro justo cuando acababa de dejar de fumar. Y otras entrañables, como los mayores que rememoran junto al fuego cómo se rodó la secuencia del cementerio o el matrimonio que recuerda la suya entre carcajadas. Es la segunda vez que el festival se acerca en la programación de sus secciones paralelas al género del western, con todas las etiquetas que se le quieran añadir y en el año del estreno de First Cow, de Kelly Reichardt. No es nada nuevo afirmar que el cine del oeste no ha muerto. Sus códigos sirven a nuevas y dispares miradas procedentes de lugares tan distantes como el País Vasco y Nueva Zelanda.

El poder del perro (Jane Campion). San Sebastián 2021 – Perlas

El poder del perro es la última reinvención del western estadounidense, a cargo esta vez de la directora Jane Campion. La historia, ambientada en los años veinte del siglo pasado, cuando el asfalto ya cubría el polvo de las calles y los salones vivían sus últimos días en favor de casas de comidas en las que se bailaba el charlestón, muestra cómo los límites de los contrarios se difuminan. Lo viejo y lo nuevo, lo sucio y lo limpio, lo masculino y lo femenino, el exterior y el interior. El hombre que se está quedando solo en un tiempo al que no puede dejar desaparecer, en la creencia de que ello implicaría su propia destrucción. Será por eso que los hombres caminan al principio formando una línea que ocupa todo el cuadro y sirve de barrera infranqueable para evolucionar hacia un meticuloso análisis de la masculinidad.

De todos los recursos de la puesta en escena del film, probablemente el menos novedoso sea el que resulta más efectivo y acapara todo el mérito en la secuencia final. La utilización de las puertas y las ventanas para representar la división entre lo de fuera y lo de dentro proporciona algunas de las imágenes más hermosas y eficaces narrativamente. Las ventanas sirven para que el exterior se refleje en ellas sin atravesar un cristal cada vez más fino a punto de no resistir la presión que ejerce sobre el territorio interior. Un movimiento dentro del cobertizo que se encadena a otro que sale al exterior para sobrevolar las montañas. ¿Podría haber en la insistencia de Campion por filmar las ventanas una oferta de diálogo con el formato académico? Aunque no menos efectiva es la banda sonora de Jonny Greenwood, que narra la historia con una partitura que ni subraya, ni acompaña, ni se limita a ser el ‘audio’ del audiovisual, sino que consigue una fusión irrompible entre las dos partes que no son contrarias, sino complementarias. En un momento en el que todo está por cambiar, Campion arremete contra el inmovilismo de quienes se aferran a los antiguos rituales.

Aurora (Paz Fábrega). San Sebastián 2021 – Horizontes Latinos

La joven Yuliana se ha quedado embarazada en uno de tantos países en los que el aborto no es una opción ni legal ni segura. El encuentro con Luisa, que decide acompañarla hasta el momento del parto, abre la posibilidad de otras alternativas, tratando de evitar todo lo que sucederá cuando la madre de la joven tenga noticia de lo sucedido. La película comienza con una larga secuencia en la que Luisa habla en su clase sobre lo efímero, la belleza de los andamios de las casas en construcción y la de las cosas a medias, las cosas ‘en camino’. Desde este inicio se puede ver la impecable realización del largometraje de Paz Fábrega. Todo está en su lugar, la luz es la adecuada y la selección de colores perfecta. Y esta belleza, tan difícil de encontrar, parece conseguida sin esfuerzo y es mostrada de manera tan natural como las interpretaciones de las dos protagonistas. La cámara se pasea por sus vidas con la dulzura del tacto de una cortina blanca mecida por el viento. Sin celebrar juicios y evitando profundizar en las razones que justifican la elección de una opción u otra, el film plantea las diferentes alternativas y muestra solo de manera fugaz las consecuencias de la elegida. Quizá cabría esperar algo más de posicionamiento al respecto, que se escabulle rápidamente cada vez que asoma. De lo efímero, de la identidad y de las capas que tapan el verdadero interior habla la directora costarricense. Y de la vida, que es una de esas cosas que siempre está en camino. ELSA TÉBAR

Tercer relato sobre el alumbramiento juvenil en el festival (lo cual hace pensar sobre el sentir general de una sociedad en plena crisis medioambiental), Aurora es un film especial porque concibe un estudio de personajes, una joven embarazada y una adulta que decide ayudarla, tratando de huir de las herramientas tradicionales que ayudan a construirlos. Esta renuncia a los arquetipos, este juego sutil con las elipsis, este manejo singular del tiempo, esta querencia por los instantes muertos del relato y este respeto por el espacio íntimo de ambas ayuda a generar una inusual tridimensionalidad en ambas protagonistas, les dota de una autenticidad sorprendente. El film respira y discurre a través de la luz. Por la sensación que desprende se diría un documental, por el estilo invisible con el que está filmado se diría una clase magistral de dirección cinematográfica. Habrá que regresar a ella para poder desentrañar el milagro. Es tal la naturalidad que pareciera que nada avanza, que nada pasa, cuando en realidad sucede el mundo mismo en toda su complejidad inabarcable e invisible a través del relato. En un estimable intento por escapar de los lugares comunes del drama y acercarse al vaivén anodino de la vida real, Paz Fábrega ha compuesto un cine de engañosa sobriedad que pende de un fino equilibrio, un ejercicio cinematográfico pleno de autenticidad. JONAY ARMAS

Amparo (Simón Mesa Soto). San Sebastián 2021 – Horizontes Latinos

Amparo, la madre que intenta recuperar a su hijo, en manos del ejército. Elías, el hijo de Amparo. Medellín, Colombia, años noventa. Temporada de reclutamiento de críos para la guerra y de violaciones de madres solteras. El primer largometraje de Simón Mesa Soto compone un retrato del terror de la realidad social de Colombia, donde hay que pagar, y no precisamente con moneda de curso legal, por la vida de un hijo. La cámara sigue a Amparo, interpretada por Sandra Melissa Torres, y apenas abandona su espacio para visitar el de su hijo mientras se encuentran separados. Con un rostro impenetrable que apenas muestra un par de emociones a lo largo de la película, arrastra la resignación de una mujer que no vale nada y sabe que al final del camino solo hay una solución: la de las pobres que habitan un mundo de hombres sin escrúpulos. Y que el único control que tiene es elegir al verdugo. Amparo habla de maternidad, de la corrupción del ejército, de la situación de inseguridad en la que viven las mujeres pobres y de los tres grandes delitos de la mujer: estar sola, haberse divorciado y tener hijos de padres diferentes. El director colombiano se vale de la ausencia del juego del plano–contraplano para evidenciar la separación entre el mundo de los hombres (el del todo vale) y el de las mujeres (el del nada vale) y aumentar la claustrofobia y la percepción de la soledad en la que se encuentra la madre. Una puesta en escena fría y desnuda, sin melodramas, solo una lágrima que cae lentamente. Siempre.

 

Mi iubita, mon amour (Noémie Merlant). San Sebastián 2021 – Zabaltegi

Es ya un tópico afirmar que, cuando un actor o actriz decide pasar al otro lado de la cámara, el resultado suele ser una película humilde, sin demasiadas pretensiones, preferentemente centrada en sus intérpretes. Eso se ha dicho de Mi iubita, mon amour, el primer largometraje de Noémie Merlant, cuyo trabajo más conocido como actriz quizá sea Retrato de una mujer en llamas (2019), la película de Céline Sciamma. Pues bien, quizá haya que añadir que, por lo menos esta vez, el axioma no es del todo cierto. Mi iubita, mon amour no es un film tan simple como parece. Las aventuras y desventuras de ese cuarteto de muchachas francesas que, celebrando la despedida de soltera de una de ellas en Rumanía, traban conocimiento con una familia romaní, cuyo primogénito inicia una tímida historia de amor con la homenajeada, puede que ostente una trama sencilla y a veces manida, pero sus ambiciones van más allá de la espontaneidad de los diálogos y la desenvoltura de la puesta en escena.

Por supuesto, no falta nada de lo que el mercado exige ahora a cierto cine europeo: amplio protagonismo femenino, abundante contenido centrado en los roles de género y raza, choques culturales… Pero Merlant, que interpreta igualmente a la protagonista, no quiere detenerse ahí, y sus propuestas en este sentido no dejan de tener interés. Primero, divide su película en dos partes bien diferenciadas que corresponden a la estructura del título: una dedicada a indagar en el comportamiento de la familia frente a la aparición de las chicas y la otra centrada en la consolidación de la historia de amor y el inevitable desenlace. Y segundo, introduce cambios en el tono, en el ritmo o en la modulación de las imágenes que afectan continuamente a nuestra percepción respecto a lo que estamos viendo, que a veces parece una comedia juvenil, en otras ocasiones se inclina hacia la crónica de un aprendizaje sentimental y, en fin, no tiene miedo de adentrarse en otros terrenos que finalmente solo apunta, ya sea el thriller o el cine de terror. Para cerrar el círculo, sin embargo, Merlant acaba mostrándose más conservadora de lo que sugiere en la primera mitad y también el film termina siendo más convencional de lo que desearía, lo cual no obsta para que la debutante demuestre aptitudes que hacen esperar con interés sus próximos trabajos. CARLOS LOSILLA

Jeanne emprende un viaje a Rumanía para celebrar su despedida de soltera, pero pronto las amigas se ven obligadas a cambiar de planes. El encuentro con Nino y su familia hace estallar el conflicto entre dos culturas y dos formas de vida con diferencias solo aparentemente insalvables. En esa apariencia reside precisamente la tesis del primer largometraje de Noémie Merlant, que defiende que es más lo que nos une que lo que nos separa, y que el amor es un sentimiento universal, como el miedo, el tedio o la incertidumbre. Y lo hace desde el mismo título de la cinta, ‘mi amor’, en rumano (mi iubita) y en francés (mon amour). Un título doble que estructura el relato en dos partes con una escena final que funciona a modo de reflejo inverso del prólogo, en el que la primera aparición de la protagonista se produce fuera de campo, con todas las lecturas que semejante presentación sugiere.

El encuentro entre dos culturas y dos etnias que no hablan el mismo idioma pone en valor las interpretaciones del reparto, que sustituyen el diálogo por la superior elocuencia de gestos y miradas. Interpretaciones que, con un aire de naturalidad e improvisación, son una de las mejores bazas de una película que no termina de definir una puesta en escena convincente. El uso de la cámara al hombro, en ocasiones algo arbitrario, deriva en escenas un tanto confusas. Sin embargo, conforme la historia avanza, la cámara empieza a detenerse en algunos detalles y, al adoptar una posición más distante y observadora, logra capturar algunas de las escenas más notables de la película, como una conversación que no oímos en el viaje de vuelta en tren o los planos de Nino encuadrado por los marcos de las ventanas iluminadas en la noche. Pese a lo irregular de la propuesta, sus aciertos apuntan a que la de la directora francesa es una mirada prometedora. ELSA TÉBAR

Obake (Hiromichi Nakao). Filmadrid 2021

Hiromichi Nakao elige para su primer largometraje dirigir la mirada sobre su propio cine y el oficio de cineasta, aludiendo expresamente a su trabajo anterior (y mostrándolo): el cortometraje The Balloon (Japón, 2017) proyectado también en la sesión espejo del Festival.

Los obake son seres sobrenaturales del folclore japonés que adoptan una forma animal o vegetal, o se presentan disfrazados de humanos. El significado literal del término es ‘cosa que se transforma’, y a menudo se traduce como ‘fantasma’, título internacional de la película. Dos obake con forma de sendas constelaciones estelares interpretan el papel de narradores en el film del japonés Hiromichi Nakao, relatando la vida del director a la manera del ángel de la guarda Clarence de Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946) y haciendo gala de un travieso sentido del humor. La película es una argamasa bien integrada de imagen real y animación, con el añadido de unos viejos dibujos animados en blanco y negro. El relato sigue al director en su empeño de rodar y recorre la soledad, el tesón y, en definitiva, el amor del artista por el cine, con el comentario y el subrayado constante de los dos observadores celestes. Al igual que en Dear Werner (Pablo Maqueda, 2020), por citar un ejemplo reciente de reflexión metacinematográfica, Hiromichi Nakao trabaja solo con su cámara. Pero donde aquel filmaba su búsqueda a través de un diario de viaje por la naturaleza salvaje, con un tono solemne, este adopta un estilo más naif, mostrando la trastienda de la concepción de su obra. El director abraza la técnica del DIY, y no solo rueda él solo toda la película, sino que inventa y fabrica los artilugios que necesita para su representación. Un auténtico Méliès.

El juego del paralelismo entre la sala oscura con la pantalla de cine iluminada y el balcón rodado desde la oscuridad del interior de la casa deja claro que la vida es cine. Una bicicleta que se multiplica dentro de la óptica de un caleidoscopio, cuentas de collares convertidas en constelaciones… Una película refrescante con numerosos hallazgos estéticos que exploran la transformación de la narrativa audiovisual en poesía. Obake. Elsa Tébar