Felipe Gómez Pinto
“Recuerdo cuando la URSS se derrumbó en 1991“. La imagen más evidente que puede encerrar estas palabras con las que Vladena Sandu inicia la narración es la de contingencia de los recuerdos. Y, al contrario de lo que pueda indicar el tono lúgubre y desapasionado de su narración en off, el recorrido que plantea este inclasificable debut se asienta en una perspectiva del mundo tan angustiosa como creativa. Este ejercicio de síntesis no solo desgranará el colapso de la Unión Soviética y las agresiones posteriores por parte de Rusia en Ucrania y Chechenia, sino que constituirá un simulacro arqueológico a través del material de archivo y las reconstrucciones ficcionales autobiográficas para cuestionar la cientificidad de la Historia, el papel de los testimonios como fuente e incluso la posibilidad de reconstruir rigurosa y objetivamente un pasado intensamente vivido siendo al mismo tiempo protagonista y espectadora. Si bien el flujo incesante de imágenes desvirtúa algunos pasajes de un montaje casi esotérico (entremezclando información geopolítica con historias personales), el retrato final trasciende el resentimiento y el odio para encontrar sanación en la denuncia.
La película, anclada en la sensible construcción del anhelo por recordar de la directora, logra algo primigenio en la confluencia de lenguajes y tonos: la concepción de la memoria como una modalidad, un espacio de permanencia en el tiempo distinta a la del carácter y a la del proyecto histórico. De este modo, se vislumbra una tentativa de recuperación. Una voluntad por inventar una nueva ontología, haciendo de la devastación una condición de posibilidad para fundar una nueva realidad inscrita en un recuerdo suspendido, abierto, vigilante; una mirada dispuesta a registrar no solo lo que se perdió, sino también lo que vendrá.











