Una imagen en negro. El vacío. La nada. Es un plano subjetivo y nos sitúa en los ojos de un antiguo tesoro real de Benín, una figura sagrada que ha perdido su nombre y ha pasado a ser solo el número 26. Su relato en off y en primera persona, sobre ese fondo negro, es el de la repatriación, después de haber sido robado junto a otras siete mil piezas, durante la invasión de las tropas coloniales francesas en 1892, y de permanecer 130 años en los fondos de un museo parisino. El 26 es el último lugar en el listado total de piezas que serán devueltas. El 26 afirma “regresar a la superficie del tiempo, dejar atrás a mis hermanos, postrados, ignorados en lo profundo de lo innombrable. ¿Volver a casa?, ¿qué me espera en otro lugar? Abandonar el reino de la noche para entrar en otro. Todo el peso de un pasado del que soy el trance, la huella”.

Se trata del inicio de Dahomey, el nuevo film de la cineasta franco-senegalesa Mati Diop que, después de hacerse con el Oso de Oro en el pasado Festival de Berlín, llega este mes a las salas de nuestro país. Y lo recuperamos aquí porque precisamente esta secuencia dialoga de manera elocuente con aquella exigencia feminista de “hacer visible lo invisible”. Una cita que dio título al editorial con el que hace tres años (en enero de 2022) se abría una nueva etapa en nuestra revista. Lo recordamos hoy porque retomamos aquella reivindicación, que ya hicimos explícita entonces, de introducir nuevas perspectivas de análisis y de “arrojar luz sobre la necesidad de recuperar esa mirada resistente y subalterna de ciertos sectores discriminados, de revisar y desvelar algunos de los estereotipos que ha transmitido durante años la ‘Gran Historia del cine’, y de corregir los desequilibrios producidos por cualquier tipo de políticas o estéticas de normalización”. La película de Diop, en ese gesto aparentemente simple de sostener el plano en negro, como uno de los recursos formales sustanciales de su particular propuesta estética y política, pone en primer término una de las más graves y profundas características de la sórdida historia del colonialismo europeo: la de su capacidad para invisibilizar al ‘otro’ (“ignorado en lo profundo de lo innombrable”) y aparecer como un hecho histórico neutro y natural, consecuencia de una asumida supremacía del hombre blanco. La película de Diop no solo encuentra en la pantalla negra el recurso para poner en imágenes de manera alegórica esta realidad, sino que asume el papel estratégico del cine como herramienta para subvertirlo y poner en cuestión todos los sesgos (de raza, género y clase social) a través de los cuales se consolida y perpetúa. Se trata, en definitiva, de considerar el arte (el cine) como mecanismo posible para, en palabras de Amílcar Cabral (ideólogo de la independencia de Cabo Verde y Guinea Bissau), “descolonizar la mente”. O, como también dijera Malcom X, de introducir “nuevas formas de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos”.

Hace un año, en 2023, con el centenario del nacimiento del cineasta senegalés Ousmane Sembène revisamos la urgente actualidad del discurso de una filmografía que asumió la necesidad de conferir una gramática propia para el cine poscolonial africano. El estreno de Dahomey nos ofrece ahora la oportunidad de dibujar, gracias al esclarecedor texto de Javier H. Estrada que aquí publicamos, un recorrido a través de ese cine activista que ha contribuido a examinar los sistemas de dominación colonial a través de los cuales se ha devaluado no solo la cultura de los pueblos colonizados sino también, y sobre todo, sus medios de expresión artística. Diop, como heredera posible de los caminos trazados por Sembène, registra el proceso de desembalaje de las piezas como clave simbólica de este proceso de ‘hacer visible lo invisible’. Con su llegada a Benín, 26 no solo recupera su lugar de procedencia, sino también su sentido y simbología originales y, sobre todo, su nombre como estatua del rey Ghezo. Y en ese gesto, apenas un gesto, la película refleja con contundencia la adquisición del derecho a la autodeterminación de todo un pueblo y su cultura.

Jara Yáñez