Jara Yáñez
La arquitectura hace de sostén literal y figurado en esta coming of age que se centra en el conflicto familiar, identitario y de clase del adolescente que da título al film y que establece precisamente su analogía en torno a la idea de la construcción: la de los edificios, pero también la de lo emocional y vital de su protagonista. Enzo (Eloy Pohu) es un joven de dieciséis años, de familia adinerada, que rechaza de partida la insistencia de su padre para que se dedique a estudiar (su hermano es un brillante estudiante de arquitectura) y trabaja como aprendiz de albañil en la edificación de una casa de lujo en La Ciotat, donde también vive. Y el film, que después de años de colaboración y trabajo conjunto entre Robin Campillo y Laurent Cantet (ambos escribieron los guiones no solo de esta película sino también de La clase, El taller de escritura o El empleo del tiempo), ha sido finalmente realizado por el primero tras la enfermedad y la reciente muerte de su compañero, tiene algo áspero, rudo, irregular, que podría ser lo más valioso de una propuesta que sin embargo, en lo que a mirada de cine social se refiere (una etiqueta que le encaja), pretende abordar demasiadas cuestiones sin terminar de ahondar en ninguna de ellas.
Porque están en el film el conflicto de clase, la migración y la guerra. Pero todas ellas terminan por resultar casi un mero telón de fondo en la exploración de otro asunto, el del deseo y el despertar sexual de Enzo hacia uno de sus compañero de trabajo, el ucraniano Vlad (Maksym Slivinskyi). Y la fisicidad que el film despliega con respecto a este tema, en el retrato de los cuerpos y de una cierta masculinidad que es capaz de combinar la violencia más bruta e instintiva con el amor y los cuidados, se mantiene en una poderosa inconcreción que, precisamente por eso, por no tratar de establecer categorías ni sobreexplicar emociones ni modelos relacionales, resulta interesante.
En su búsqueda de nuevas estructuras (de nuevo la analogía arquitectónica) vitales, emocionales y sociales, Enzo encontrará en las ruinas, las de Pompeya para él y las de la guerra de Ucrania para Vlad, la que es, seguramente, la única respuesta posible a un mundo, el de hoy, en llamas. Pero la posible fuerza de la metáfora resulta finalmente superflua y hasta cuestionable por el modo como precisamente la guerra queda arrinconada como mero fuera de campo, en un intento por resignificar el conflicto existencial de Enzo. Como si finalmente, esa mirada ‘social’ no fuera más que una excusa, si no frívola, sí al menos caprichosa e inocua.








