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Carlos F. Heredero.

La institución cinematográfica española ha vivido, entre el 26 de marzo y el 27 de abril, su mes de pasión. Todo empezó con una borrascosa reunión, supuestamente secreta, celebrada en el Ministerio de Cultura. De allí salieron malas noticias. La crisis industrial que se viene incubando desde hace ya mucho tiempo encontró, de pronto, un altavoz resonante y agrio. El tobogán prosiguió con el nombramiento de Ángeles González-Sinde (hasta entonces presidenta de la Academia de Cine) como nueva ministra de Cultura. La novedad fue saludada con entusiasmo por todo el sector. Eran buenas noticias. El gobierno parecía hacerse eco de los problemas del cine español, o así se quería interpretar dicho nombramiento en casi todos los ámbitos del sector. Inmediatamente después, la nueva ministra decide sustituir a Fernando Lara por Ignasi Guardans (hasta ese momento diputado del Parlamento Europeo por Convergencia i Unió) al frente del ICAA. Era un relevo que algunos destacados productores saludaron también en positivo. Más buenas noticias. Entre medias, el productor Eduardo Campoy era elegido nuevo presidente de la Academia.  Pleno consenso.

Por si todo ello fuera poco, el carrusel de cambios acontece mientras una película española (Mentiras y gordas, coescrita por la nueva ministra) se convierte en un enorme éxito de taquilla. Y, a mayor abundamiento, el Festival de Cannes anunciaba la presencia de Pedro Almodóvar, Isabel Coixet y Alejandro Amenábar, con sus películas respectivas, en el escaparate principal del certamen, lo que supone un visible cambio de actitud respecto al cine español. Todos contentos. Buenísimas noticias. Parecía que algunos vivían en el mejor de los mundos.

Pero la felicidad nunca es completa en la casa del pobre. El tobogán de cambios y de relevos esconde, en realidad, valoraciones contrapuestas –cuando no abiertamente discrepantes– sobre la gestión de los cargos salientes y deja aflorar, sobre todo, la fuerte división existente entre los diferentes sectores de la industria, entre los que también cuentan los creadores, los festivales de cine, los técnicos y los actores. Y por si acaso la situación no era ya lo suficientemente compleja (a pesar de la proyección exterior que Cannes ofrece a los títulos seleccionados), un movimiento inesperado del Gobierno ha venido a complicarle inoportunamente la vida, antes incluso de que llegara a tomar posesión de su cargo, al flamante y bien acogido nuevo director general del ICAA: el anuncio de que se está estudiando permitir a las televisiones privadas una “flexibilización” para que la inversión del obligatorio 5% de sus beneficios en la producción de cine español independiente (tal y como como reza la ley actual) se pueda hacer, también, en la producción de series televisivas, supuestamente producidas por esas mismas cadenas mediáticas.

Como era de esperar, la tormenta ha vuelto a estallar. De forma incomprensible, el Gobierno vuelve a colocar piedras innecesarias en el camino y arroja una sombra amenazante sobre el futuro inmediato. Y precisamente ahora, que algunos se las prometían tan felices y que creían haber hallado la pócima mágica para la solución de sus problemas. Y es que nada resulta tan engañoso como los espejismos. Los propios y los ajenos.