En el comienzo del libro Tensión y sentido. Una introducción a la poesía contemporánea (Taurus, 2020), el poeta Mariano Peyrou reflexiona sobre la idea de la poesía en tanto que lenguaje polisémico. Frente al texto cerrado, entendido como aquel en el que todos los elementos están dirigidos hacia una lectura unívoca, la poesía propone aquí encontrar su sentido cuando uno deja de buscarlo, cuando se abandonan las certidumbres que proporcionan los límites y se empieza a captar lo que queda más allá de la razón. Peyrou recupera después, a propósito de la relación entre lo poético y lo prosaico, y de la posibilidad de aceptar (e incluso disfrutar) la perplejidad, una cita del filósofo y crítico literario Friedrich Schlegel según la cual “las grandes verdades de todo tipo son completamente triviales y por eso no hay nada más importante que expresarlas siempre de una manera nueva y, si es posible, cada vez más paradójicamente, para que no olvidemos que siguen existiendo y que nunca podrán ser expresadas por completo”.
Y resulta sugerente rescatar estas ideas, para reconducirlas a lo fílmico, a propósito de Father Mother Sister Brother, la nueva película de Jim Jarmusch que estará en salas de nuestro país a partir del 24 de diciembre. Porque hay en este film, como probablemente lo hay también en todos y cada uno de los anteriores de Jarmusch, una respuesta posible a esa idea convencional de lo narrativo como desarrollo lineal (introducción, nudo, desenlace), como arco de transformación y progreso, que debe necesariamente conducir a una resolución. Pero hay también en Father Mother Sister Brother un profundo diálogo con esa idea de la verdad como algo ‘trivial’, común y cotidiano, que es, a su vez, y por contradictorio que parezca, inaprensible. La película propone para ello un juego en torno al concepto de la variación, como forma de repetición que, a partir de desplazamientos mínimos, rompe con la linealidad y evidencia la imposibilidad de cualquier conclusión. El sentido del film se relaciona así con lo rítmico y, de este modo, también con lo poético. Pero, como en Paterson (2016), ese gesto poético no consiste en escribir un gran poema, sino en volver a escribir el mismo todos los días, sabiendo que cada versión será siempre provisional (“Un poema no se termina nunca, solo se abandona”, dijo Paul Valèry). Como en la deriva inmóvil de Extraños en el paraíso (1984), en el viaje circular hacia la disolución de Dead Man (1995), en las conversaciones reiteradas de Coffee and Cigarettes (2003) o en los encuentros fallidos de Flores rotas (2005), el cine (la vida) consiste, para Jarmusch, en volver a lo mismo sin clausurarlo. Y así, escribir, como rodar, como también vivir, es volver a empezar siempre, sin esperar una culminación, en una relación con el tiempo que no se produce en términos de avance, sino de insistencia. Los tres encuentros familiares de Father Mother Sister Brother, como variaciones de un mismo gesto, no resuelven conflictos, ni tampoco vínculos, solo exponen fracturas. Jarmusch filma la repetición como gesto existencial y sus personajes no se transforman: simplemente persisten levemente desplazados en cada nuevo movimiento. Y en esa persistencia –en ese volver a sentarse, volver a hablar, volver a encontrarse– su cine muestra la variación como una manera posible, quizá la única, de habitar el mundo.
Descorazonados, aún bajo el impacto de lo imprevisto, sin ser capaces de asimilar el desconcierto, dedicamos este número a la memoria de José Luis Cienfuegos. Lo hacemos, como siempre, recurriendo al cine, al de Jarmusch, que nos da la mano este mes, para entender que no hay síntesis, ni cierres lógicos, tampoco en la muerte.
Jara Yáñez








