Cristina Aparicio

Uno de los fenómenos psiquiátricos más documentados de Europa durante la Edad Media y el Renacimiento fue la aparición de un trastorno que consistía en el convencimiento de que el cuerpo, o alguna parte de él, estaba hecho de vidrio. Este delirio de cristal llevaba al que lo padecía a un aislamiento estricto para evitar cualquier contacto y, con ello, las posibles fracturas. En Body of Glass, Tian (Soma Pysall) vive confinada, pero su cárcel es más bien metafórica y su percepción de fragilidad es consecuencia de una relación violenta de abusos. Antes de que Tian lo haga explícito, ya es evidente que esta joven bailarina necesita más espacio. Otro espacio, uno propio y suyo. Desde el plano formal, la cineasta Naëmi Ada asfixia a la protagonista de esta historia en los espacios que transita a través de la forma de encuadrar con planos muy cercanos y cerrados. La cámara, siempre pegada al cuerpo de Tian, no se separará de ella sea cuales sean las circunstancias. Es como si excediera su función: no se limita a observar y registrar lo que le sucede, sino que se convierte en una aliada que toma partido por ella, la acompaña, la mira, la escucha. Y así, supliendo lo que el contacto físico no consigue ofrecerle durante las danzas de las que forma parte, donde los cuerpos se enredan y se funden, o con ese hermoso pero impostor abrazo robado durante un dolor fingido, la cercanía de la cámara consigue transmitir eso que los demás son incapaces de entender: que el verdadero ser es el que habita bajo la piel, lo que esconden los disfraces y las máscaras.