Àngel Quintana

En la historia bíblica de José y sus hermanos, la cuestión del perdón está ligada al reconocimiento de la culpa. No puede haber redención si aquello que se ha hecho permanece oculto. Esta es también la pregunta que se formula Joseph Lelyveld —Tye Sheridan—, el periodista de The New York Times que en 1964 sigue la pista de un antiguo nazi refugiado en Queens. Aterrorizado ante la posibilidad de que la monstruosidad pueda esconderse detrás de un personaje absolutamente ordinario, Lelyveld se interroga sobre la posibilidad de la redención y busca una respuesta en su padre, el rabino Arthur Lelyveld. La respuesta que recibe remite a la tradición judía que considera que la posibilidad del arrepentimiento existe, pero exige una transformación radical de la vida.

Ben Shirinian convierte esta cuestión moral en un thriller sobre las apariencias. Hermine Ryan, interpretada por Naomi Watts, es la esposa perfecta. Es una mujer integrada en la vida suburbial americana, cuidadosa con su casa, amable con los vecinos, aparentemente ajena a cualquier conflicto. Pero esa normalidad es una máscara. Hermine es en realidad Hermine Braunsteiner, antigua guardiana de los campos nazis, que ha conseguido atravesar el océano y reconstruirse una identidad doméstica después de su pasado criminal. La investigación de Lelyveld terminará descubriendo que el horror no siempre conserva un rostro reconocible, este puede esconderse tras una casa perfectamente ordenada.

Naomi Watts entiende que el personaje no debe ser construido inicialmente como un monstruo. Su interpretación reside precisamente en esa capacidad de producir confianza. Hay algo perturbador en la delicadeza con que Hermine ocupa el espacio doméstico, en la precisión de sus gestos, en su voluntad de agradar. Watts trabaja sobre una doble superficie. Por un lado vemos a una mujer que representa continuamente el papel de ama de casa ejemplar y, al mismo tiempo, percibimos las grietas de esa representación. La actriz ha reconocido que el personaje le resultaba aterrador precisamente por tratarse de una figura muy alejada de los papeles que había interpretado anteriormente. La película utiliza un esquema convencional —investigación periodística, descubrimiento de la identidad, testimonios, persecución judicial—, pero lo que la hace interesante es aquello que se introduce dentro de ese mecanismo. La investigación no descubre solamente a una criminal de guerra, también descubre la posibilidad de que una sociedad pueda absorber el pasado nazi y convertirlo en vida cotidiana. En este sentido, La esposa perfecta toca una cuestión poco explorada por el cine, como es la historia de las Aufseherinnen, las guardianas de los campos. Braunsteiner había trabajado como guardiana en Ravensbrück y Majdanek.

Shirinian no siempre consigue escapar de las convenciones del drama histórico y judicial, y el film puede resultar demasiado explícito en algunos de sus giros. Pero trabaja bien la premisa de que el horror no desaparece cuando cambia de rostro. La pregunta de Lelyveld sobre la redención adquiere entonces todo su peso. El perdón puede ser posible; lo que no puede existir es una redención construida sobre el silencio. Mientras la culpa permanezca detrás de la máscara, solo existe ocultamiento. Y La esposa perfecta encuentra ahí su inquietud en la sospecha de que una sociedad puede convivir durante años con el mal siempre que este haya aprendido a parecer normal.