Cristina Aparicio
En 1997, José Luis Guerin filma Tren de sombras, un largometraje de corte experimental donde reflexionaba acerca de la naturaleza del cine. A modo de documental, el film se presenta como una cinta de metraje encontrado, donde las fotografías y bobinas de celuloide recién halladas permiten componer un relato familiar desconocido. Pero lo que comienza con el aspecto de las primeras películas mudas, da paso a algo más inquietante y misterioso y se transforma en metáfora, con una cámara que deambula por una mansión (la que aparecía en las fotografías encontradas). Las luces de unos faros iluminan la fachada y penetran en la casa hasta iluminar las paredes que pasan de la oscuridad absoluta a la claridad. Y así, esas luces y sombras permiten capturar, en realidad, el transcurrir del tiempo aquí detenido, atrapado en ese espacio, a la espera de ser rescatado por alguna luz de un proyector.
Algo hay de la propuesta de Guerin en Bloques erráticos. En los primeros compases, una inquietante luz se cuela en el almacén de rollos de películas ya cerrado. Es en ese instante cuando el film cambia por completo, mutando hacia una fantasmagoría que queda lejos de los archivos y salas de visionado. La propuesta de Thomas Woodroffe es una arriesgada y hermosa aproximación al cine como documento histórico, como herramienta para preservar la memoria, pero también a la capacidad de fascinación del séptimo arte. Por eso, la mayor parte del metraje funciona como dispositivo evocador de sueños, con la fuerza de las imágenes de un entorno natural que perdura y persiste dentro y fuera del espacio fílmico. Todo ello acompañado por la voz en off de Denis Lavant, que interpreta a Paul Castelnau: el autor del film de 1925 La Terre de Feu, encontrado recientemente y que funciona aquí como punto de partida y origen de la trama. Regresa, de nuevo, a la Patagonia, esta vez como un espíritu liberado que vuelve para reformular su película.
Del mismo modo que en Tren de sombras, la narración, libre de toda estructura y convención, va construyéndose desde la única concepción de que el cine es vida, es creación, es memoria. Así, las imágenes que perdurarán y desafiarán el paso del tiempo en cada película dejan para quienes se aproximen a ellas la difícil tarea de determinar su valía, un ejercicio de responsabilidad ética y visual.











