Carlos Losilla

No es la primera vez que Isaki Lacuesta se acerca al flamenco, por otra parte una de sus pasiones. De algún modo, el díptico formado por La leyenda del tiempo y Entre dos aguas ya abordaba el tema, mientras que Flores para Antonio se situaría en el otro lado estilístico de la cuestión. Me parece, sea como fuere, que Jaleos es algo distinto, pues pretende adentrarse en la médula, quizá en la esencia de ese conglomerado inextricable que llamamos ‘flamenco’. Eso no quiere decir que sea una película solemne y ‘seria’: se trata de una propuesta  más bien lúdica y juguetona. Lacuesta –siguiendo a Pedro G. Romero, en cuyos textos se basa– identifica aquí el flamenco con las vanguardias, y las vanguardias con un cierto sentido de la transgresión y la travesura, signifique eso lo que signifique, algo que tiene que ver a la vez con el orden y el caos, con la libre asociación de pensamientos, sonidos y, por supuesto, imágenes. Así, por mucho que parezca un ‘documental’, Jaleos –el doble sentido del título es evidente– es más bien un puzle sin solución, una sucesión de ideas lanzadas a la velocidad de la luz que, al final, ni siquiera pretenden formar un todo coherente: el apunte como destello que ilumina el camino, aunque sea solo a ratos.

Imaginen, por ejemplo, lo que supone estructurar el conjunto en pequeños sketches sin relación causal, aunque sí poética, una estrategia que nos devuelve al Lacuesta más experimental, por ejemplo el de Cravan vs. Cravan, su primer largo. Imaginen también un espacio de libertad asociativa en el que pueden comparecer casi simultáneamente Georges Didi-Huberman y C. Tangana, los surrealistas franceses y las folclóricas patrias. E imaginen, para terminar por el momento, que las imágenes se transmutan unas en otras sin pensar en el resultado final, solo en el proceso que siguen para hacerlo. De hecho, Jaleos puede ser, en un momento dado, un fragmento de El manuscrito encontrado en Zaragoza y, al siguiente, convertirse en un pequeño ensayo sobre Tierra baja, de Leni Riefenstahl. En una de sus partes puede reivindicar a Carmen Amaya y en otra a Niño Miguel. Y jugar también con las voces ‘narrativas’, por llamarlas de alguna manera, que van de Alba Flores o Rocío Molina al propio Lacuesta, de manera que nunca se sabe quién está al mando del relato (probablemente nadie). Pocas veces la forma de una película ha sido tan fiel a su discurso, si es que en Jaleos puede hacerse una distinción de este tipo. Pocas veces un intento de ordenar el caos ha resultado tan infructuoso. Y pocas veces ese intento fracasado, quedándose en tal, ha definido mejor algo tan intangible, contradictorio, azaroso como el propio flamenco.