Carlos Losilla

No es extraño que la sección Zabaltegi de este año termine con películas sobre la defensa de la radicalidad vanguardista y/o la posibilidad de la desaparición, dos respuestas significativamente frecuentes al estado del mundo actual. El médico de Tristan Forever no es el artista de El fantasma, pero tiene en común con él una cierta desafección por su entorno, la búsqueda de un paraíso perdido –como respuesta a la locura colectiva– que en su caso es un pedazo de tierra en el que vivir. Tristán de Acuña es una isla británica en medio del océano, a varios días en barco de Ciudad del Cabo, que Loran ha visitado frecuentemente a lo largo de los años y en la que ahora se quiere asentar. La película sigue ese intento, desde el atribulado viaje por mar hasta la decisión final, y supone una doble apuesta: por un lado, quiere describir esa comunidad atípica, con poco más de 200 habitantes, y por otro ilustrar la dificultad de la utopía, desde el momento en que Loran se topa constantemente con obstáculos que tienen que ver con la resistencia de la naturaleza, pero también con la dificultad de estar solo.

Tristan Forever cae a veces en la postal turística o etnológica, y la ‘historia de amor’ es demasiado convencional como para resultar creíble –por mucho que estemos ante una ‘no ficción’–. Igualmente, los insertos que ilustran, con imágenes de la época, el éxodo forzado de los tristanianos en 1961, tras la erupción del volcán, parecen insertados a la fuerza para diversificar argumentalmente el film, lo cual no hacía ninguna falta. Pero la deriva de Loran tiene algo de ejemplar, como de fábula o relato didáctico, que la película sigue sin forzarnos a que nos identifiquemos demasiado con él. Y que las imágenes restituyen, en ocasiones, con cierto aliento lírico. Tristan Forever no acaba de fluir, siempre avanza a trompicones, y sin embargo ese vicio se convierte a veces en virtud: también Loran es alguien que, por culpa de una vida vivida a trozos, sin rumbo, se ve abocado a un enfrentamiento consigo mismo del que no siempre sale vencedor. Ni mucho menos.