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En 1985, un británico amigo del exceso llamado Alan Parker presentó en Cannes una película sobre un joven traumatizado por Vietnam –Mathew Modine– que quería ser un pájaro y miraba el cielo desde el tejado de una ventana. Ignoro si Andrea Arnold ha pensado en esta olvidada película para rodar Bird, donde también hay un joven enigmático –Franz Rogowski–, al que su padre abandonó que se instala en las azoteas, mira al cielo y pretende ser un pájaro. La idea del pájaro como elemento que permite volar, y por tanto, huir de la realidad, planea en el interior de una película pretenciosa en la que su exceso alegórico acaba destruyendo sus posibilidades de retrato. Andrea Arnold rueda Bird como la clásica película británica de realismo social en la que una niña de doce años, Bailey, vive en un mundo desestructurado. El padre es un eterno adolescente que quiere casarse con una chica que hace poco tiempo que conoce. Su hermana vive con un alcohólico maltratador y en ciertas ocasiones Bailey debe hacerse cargo de sus hermanas. Junto a Bailey vive su hermanastro –hijo del padre y de una primera novia– que ha dejado embarazada a su hija adolescente. El panorama familiar es aterrador hasta que aparece el hombre pájaro que no hace más que dar forma al sueño de la niña que no cesa de mirar el cielo con ansias de volar. Bird acaba mezclando el realismo social con algunos toques de fantástico, hasta rozar casi en algunos momentos cierto ridículo. Al final resulta lamentable que Andrea Arnold no haya recordado una vieja película de Robert Altman cuyo título podría ser la moraleja del gran error de la película: El volar es para los pájaros. A Ícaro se le quemaron las alas.

Àngel Quintana

En su ya conocido interés por retratar a personajes en conflicto con el sistema social, o bien excluidos y maltratados por este, la británica Andrea Arnold se atreve esta vez a introducir un elemento de estirpe fantástica: un hombre misterioso, llamado Bird, que busca a su padre y que se convierte en el principal aliado de Bailey, una adolescente de doce años que vive con un padre de vida desestructurada y a punto de casarse con una chica a la que ha conocido hace solo tres meses. Como sucedía en Diamant Brut, la verdadera protagonista y conductora del punto de vista narrativo es siempre Bailey, pero aquí –a diferencia de la película francesa– la cineasta parece creer de verdad en el sueño de su criatura: abrirse paso y encontrarse a sí misma, integrar con madurez el entorno familiar en el que vive (incluida una madre maltratada por la violencia atroz de su compañero actual) y crecer emocionalmente. Se trata, por tanto, de un coming of age canónico, pero el estilo siempre eléctrico de Arnold, su cámara constantemente pegada a Bailey y su montaje nervioso consiguen extraer de las imágenes, en sus mejores momentos, una experiencia vital y emocional de notable intensidad y, en los menos afortunados, una deriva de pretensiones líricas que se impone desde fuera y que no siempre resulta orgánica. La intromisión del elemento fantástico (el ‘hombre pájaro’ que siempre vigila encaramado a lo más alto de los edificios, y que llegado un momento despliega unas enormes y genuinas alas de ave) se integra a veces de manera productiva (abre espacios para la esperanza y para la comunicación) y otras no consigue armonizar con el registro ferozmente realista de un film que habla esencialmente de la orfandad, común a la mayoría de sus personajes.

Carlos F. Heredero