Carlos F. Heredero
No es que los precedentes (Sin novedad en el frente¸ versión 2022; Cónclave, 2024) hicieran concebir muchas esperanzas sobre el estilo y sobre la mirada de su director, pero por si todavía quedaba alguna duda, aquí está Ballad of a Small Player para despejarlas. Sus imágenes hiperbólicas y casi granguiñolescas, su banda sonora machacona y golpeante, siempre con decibelios de más (una verdadera tortura sonora durante tooooooooodo el metraje), su cromatismo saturado, su planificación efectista, sus encuadres distorsionados y la interpretación igualmente excesiva de Colin Farrell (presente en prácticamente todas y cada una de las secuencias) convierten a la película en un ejercicio de exhibicionismo estilístico que asfixia por completo a la propuesta. Hijo de un cálculo formalista impuesto desde fuera y a machamartillo sobre la historia que se quiere contar, el film navega a golpes de caprichos de guion durante todo su desarrollo y se convierte en poco más que en una colorista cáscara vacía y autosatisfecha pagada de sí misma.
Su protagonista (un ludópata compulsivo que se hace llamar Lord Doyle, pero que en realidad es un pobre paria, un pelanas de tres al cuarto que deambula por los casinos de Macao sin dejar de desafiar a su pésima suerte en el juego y arrastrando cuantiosas deudas) se convierte casi en un muñeco en manos de un director empeñado en subrayar ‘marcas de estilo’ y pinceladas visuales que le acercan más al cine presuntuoso y excéntrico de Sorrentino que a los acordes, por ejemplo, de su trabajo anterior (Cónclave), de estirpe más tradicional. Filmada en el propio Macao, la película se deja deslumbrar por la contaminación lumínica del enclave sin saber cómo sacar partido dramático de los escenarios y sin conseguir, tampoco, cómo inyectar un ápice de verdad a un antihéroe que merecía algo más de atención humana y emocional, y menos pirotecnia ruidosa. Un suplicio de película.











