Cristina Aparicio

Qué erróneo resulta creer que el oficio de maestra se reduce únicamente a impartir clases. Estar al frente de un aula implica lidiar con el comportamiento de los alumnos difíciles. Una obviedad que no es creencia personal: se trata de la primera lección que, tras el incidente sucedido en la excursión a una fábrica de sidra, la directora de un centro escolar explica a Maria Spencer (Saoirse Ronan), profesora de niños de once años. Bad Apples se une a la larga lista de películas que, en los últimos años, se han convertido en todo un subgénero dentro del cine sobre educación al poner el foco sobre la figura de la profesora idealista. Cintas como Sala de profesores (Ilker Çatak, 2023) o –a su manera– la reciente Weapons (Zach Cregger, 2025) ejercen de dura crítica contra el ingenuo idealismo que encierra el concepto de vocación, sobre todo si este se construye sin atender a la realidad. En Bad Apples, en cambio, no hay ingenuidad. Al contario: Jonatan Etzler parte del desencanto que actualmente caracteriza la docencia, porque esta es una película atravesada por su presente. Se siente en ella el peso de la hipocresía y de la falsa moral, de la burocracia absurda que moldea los planes de estudio, la desestructuración y la falta de pedagogía como modelos educativos familiares y escolares… Elementos que dan como resultado una comedia negra, ácida e hilarante, construida a partir de una minuciosa planificación de la puesta en escena donde destaca el uso de la música que potencia el lado perturbador del relato. Una sátira que termina convertida en experimento de psicología social que advierte de los peligros de los discursos normativos y excluyentes.


Àngel Quintana

Mientras transcurren los créditos de la película, vemos a un grupo de alumnos que visitan una fábrica de sidra. La cámara filma el proceso de cadena industrial, las manzanas son desinfectadas y transportadas por una cinta antes de ser trituradas. En medio de las manzanas aparece una deportiva que ha lanzado Danny, un chico de diez años. En la clase de primaria, Danny es la manzana prohibida. Su conducta bipolar, sus ataques y arrebatos desestabilizan la clase, ponen en riesgo a la profesora y al resto de alumnos. Jonatan Etzler, en su ópera prima, no tarda en trasladar el conflicto central hacia el territorio del thriller. Danny desaparece misteriosamente de la clase después de haber atacado a una chica repelente y haber puesto en cuestión el trabajo de la maestra (Saoirse Ronan). Danny aparecerá en un sótano de una casa donde vivirá secuestrado, mientras recibe clases particulares alejado del resto de los alumnos.

En la primera parte de la película, cualquier espectador puede pensar que la película es un simple thriller que deriva hacia una intriga de un cierto tono grueso. El acierto de Bad Apples reside en que, a partir del thriller, la película no tarda en derivar hacia la metáfora educativa. Jonatan Etzler nos habla de lo que ocurre en los sistemas de educación inclusiva, de cómo la presencia de ciertos trastornos en la clase dificulta el trabajo pedagógico y cómo las élites prefieren exterminar las manzanas podridas, apartarlas del entorno, derivarlas hacia grupos especiales que van a generar un claro proceso de marginación con consecuencias traumáticas. Danny, el conflictivo niño de diez años, ha vivido siempre bajo presión. Su padre no ha cesado de trabajar sin ocuparse de él y en la escuela ha sido el niño malo que el centro debe exterminar. Bad Apples lleva a cabo un largo recorrido para acabar convirtiéndose en una aguda y fina sátira sobre cómo cierto sistema escolar acaba exterminando la diferencia e intenta evitar la inclusión.