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En la Transilvania interior, un hombre de cuarenta años abandona a la novia con la que vive y también su empleo en una central nuclear para empezar de nuevo. Engatusa a un grupo de niños con la excusa de presentarse como profesor de judo y convierte una escuela abandonada en un recinto cerrado, modelo griego (de nombre Sparta), donde juega con los infantes, les hace fotos de sus torsos y se ducha desnudo con ellos. La nueva película del cineasta misántropo y nihilista por excelencia (no confundir con el humanismo, por favor) se adentra así en la arriesgada radiografía de un caso de pedofilia/pederastia desde su habitual mirada fría, distante y casi entomológica, pero esta vez lo hace abriendo su lente a una complejidad mayor, capaz de ofrecer una visión poliédrica de su protagonista: un ser torturado y a veces sufriente, hijo de un nazi y anclado todavía de forma patológica en la infancia (magníficas las secuencias en las que juega con los niños en los columpios y en la nieve), pero atraído físicamente y emocionalmente por la sensualidad que para él tienen los pequeños a los que, cual flautista de Hamelin, atrae hacia su ‘territorio de caza’.

La notable conquista del film reside, precisamente, en el análisis del personaje: un aspecto en torno al que las imágenes logran generar, desde dentro y sin necesidad de recreaciones morbosas, una incomodidad notable, pero genuina. El Seidl cínico, esteta de la fealdad y del horror, deja paso aquí a un cineasta realmente interesado por su personaje y por el tormento interior que vive. Es una lástima que, a pesar de esta notable evolución, su pose permanente le lleve a retratar a los padres de los niños como los verdaderos maltratadores de la historia, lo que acaba por introducir –de forma completamente innecesaria– un nauseabundo contraste con el cariño y los cuidados del pedófilo. En esa terrible ambivalencia, producto quizás de una voluntad de provocación para seguir ejerciendo de enfant terrible, se mueve un film que, en la mayor parte de su metraje, es una estremecedora y notable radiografía clínica del horror que pervive, y se sigue reproduciendo, en un rincón herrumbroso, decadente, devastado, condenado a la pobreza y casi olvidado en el patio trasero de la rutilante y altanera Europa.

Carlos F. Heredero