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Tras pasar por esa sección que Thierry Frémaux se inventó para la pasada edición de Cannes llamada Proyecciones Especiales, el último trabajo de un cineasta capital como Sergei Loznitsa llega al del Festival de Cine Europeo de Sevilla dentro del apartado Las Nuevas Olas incluida en la subsección dedicada a la no ficción. Visto el resultado final -probablemente estemos ante una de las películas más importantes del año- uno no puede sino lamentarse de que este desapasionado y durísimo documental del realizador ucraniano no haya tenido la fortuna de batirse el cobre en la sección oficial de alguno de los dos certámenes citados (o de cualquier otro: cuanto más se vea, mejor nos irá).

Sirva este preámbulo a modo de lamento para calibrar el valor de Babi Yar. Context en la que Loznitsa sumerge al espectador en un episodio atroz de la historia reciente (de su país y de Europa): durante los días 29 y 30 de septiembre de 1941, el Sonderkommando 4a del Einsatzgruppe C, asistido por dos batallones del Regimiento de Policía Sur y la Policía Auxiliar Ucraniana, y sin encontrar resistencia por parte de la población local, fusiló a 33 771 judíos en el barranco de Babi Yar. El director de Maidan (2014) ordena los hechos en crudo para organizar una crónica severa en forma de documental de archivo sobre la invasión nazi de Ucrania y la posterior contraofensiva soviética. La claridad expositiva de un filme desbrozado de textos valorativos que acompañen a unas imágenes tan vívidas, tan horriblemente impresionantes, deja al espectador sumido en un desamparo necesario, sin voz en off que acolche tanta barbarie, sin nadie que justifique las atrocidades nazis ni le ponga paños calientes al apoyo de la población local. A una nueva lección de montaje del maestro ucraniano (en el que colaboran Danielius Kokanauskis y Tomasz Wolski, director de 1970 también ubicada en la misma sección y con la que forma un interesantísimo díptico) hay que añadir el riguroso trabajo de arqueología archivística realizado por Victor Belyakov y Corinna von List y la delicada sonorización de Vladimir Golovnitski. Loznitsa consigue equilibrar magistralmente el gran volumen de imágenes registradas por las tropas nazis -que llevaban consigo a su propio operador de cámara para que fuera grabando sus incursiones y matanzas- con la escasez de material referido al bando soviético para lanzarnos a los ojos una obra incontestable que pone en contexto una parte de la historia que casi nadie en su país está dispuesto a aceptar y cuyo reconocimiento es necesario para poder seguir avanzando (sigue helando la sangre observar cómo, las mismas gentes que jalearon a Hitler a su entrada en Kiev, aplauden durante el ahorcamiento público de los responsables de la matanza de Babi Yar, dispuesto por los nuevos gobernantes soviéticos).