Àngel Quintana

Hace unos cuantos años, en un momento de Tokyo-Ga, de Wim Wenders, desde la Torre de Tokio, Werner Herzog afirmaba que en el mundo ya no quedaban espacios por descubrir. A lo largo de su filmografía siempre ha intentado explorar una arcadia posible, un paraíso perdido, mientras se ha dado cuenta de que el viejo dilema entre el explorador y el viajero ya no existe. Todo está descubierto y turistizado, tal como ejemplifica Bucking Fastard, cuando alcanza los niveles de una fábula en la que Herzog retoma uno de los temas centrales de su cine. No obstante, si nos quedáramos únicamente en esa búsqueda de un El Dorado al que solo se puede acceder desde las mismas entrañas de la tierra, acabaríamos haciendo un mal favor a la última película de Herzog, quizás la ficción más interesante y loca que ha realizado desde los años de Fitzcarraldo.

Bucking Fastard cuenta la historia de las hermanas irlandesas Jean y Joan Holbrooke, cuya unión es tan extrema que hablan al unísono, comparten sueños y se enamoran del mismo hombre. La historia de estas hermanas no parte de la pura invención, sino que se inspira en las hermanas Greta y Freda Chaplin, nacidas en York en 1943. No obstante, Herzog solo toma de la historia real el punto de partida de su película, el juicio al que fueron sometidas por amar al mismo hombre. Lo que interesa al cineasta es, sobre todo, el tema de la simbiosis, la relación entre dos cuerpos que buscan la forma de abolir la separación entre el yo y el otro. El tema resulta especialmente significativo en el interior del cine actual, cuando la cuestión de las identidades se ha convertido en una de las cuestiones que parecen determinarlo todo. Las hermanas no desean únicamente escapar de la individualidad, sino convertirse en una unidad que desafía las reglas de la identidad, del amor y del cuerpo.

El proyecto, tal como lo enfoca Herzog, acaba teniendo incluso una condición subversiva. Las hermanas Holbrooke buscan un territorio fuera de las normas, una especie de utopía imposible en la que puedan existir al margen de las categorías sociales ordinarias. Y es en la búsqueda de esta utopía donde Herzog acaba convirtiéndolas en una especie de depósito de muchos de los personajes que atravesaron los primeros años de su filmografía, desde Kaspar Hauser hasta Stroszek, sin olvidar a aquellos enanos que empezaron pequeños. Herzog ve en las hermanas una alteridad cuya existencia lo pone todo en cuestión, mientras refuerza la idea de utopía.

En el trayecto que elabora el cineasta, lo más interesante estalla en la segunda parte de la película, cuando las hermanas —y Herzog— encuentran un territorio para lo extraño y lo fabuloso. No deja de ser curioso que este espacio tenga algo de útero materno y que su exploración interior pueda conducir hacia el paraíso perdido originario, que enlaza significativamente con La cueva de los sueños olvidados (Cave of Forgotten Dreams, 2010), situada en Chauvet, que el cineasta vio en su momento como el lugar del origen de las imágenes.

En Bucking Fastard parece como si todo ese espacio íntimo hubiera sido transformado por la globalización, la mercantilización y la uniformización. No hay lugar posible para la utopía, pero tampoco para su subversión. La única posibilidad pasa por buscar una forma cinematográfica que permita convertir una historia insólita en el resumen de una carrera y, al mismo tiempo, en una forma cinematográfica igualmente insólita y perturbadora.