Carlos Losilla

Al terminar la proyección de Lejos de los árboles, el último largometraje de Meritxell Colell, se puede tener la sensación de que no hemos visto nada. Y así es, de alguna manera, pues más bien hemos ‘entrevisto’, eso sí, muchas cosas. ¿Quizá demasiadas? En dos horas de proyección, Colell quiere atrapar décadas, las mareas del tiempo. Parece que estamos viendo a una mujer, artista sonora, que viaja por tierras chilenas en busca de lenguas y sonidos en trance de desaparición, pero en realidad estamos viendo su historia, su pasado, lo que le ocurrió a ella y a su familia… Viajamos así a Cataluña y España, a la guerra civil y la diáspora, y a México, adonde fueron a parar sus abuelos, y a Viena, donde ella vive ahora, y a las mismas tierras que está recorriendo, con el fantasma de su abuela nonagenaria en la cabeza. No se trata, sin embargo, de armar una historia, una saga, con todos estos elementos, sino de dejarlos tal como están, en esa condición precaria y frágil que la película les otorga. Lo importante es la ‘música callada’ —véase Frederic Mompou, citado explícitamente en el film— que los une.

Pues si Lejos de los árboles me parece la película más emocionante de las que ha dirigido Colell hasta la fecha es precisamente por esa manera sutil y fluida de unir los fragmentos, o mejor dicho, de renunciar a unirlos y, aun así, dar una hipnótica impresión de continuidad. Una continuidad que, dicho sea de paso, a cada momento puede mostrarse discontinua, que se obstaculiza a sí misma, pero que pronto retoma el hilo y vuelve a la carga. La niebla que acompaña el viaje del coche por las montañas resulta esencial aquí: no es un símbolo, no es una metáfora, es una representación física de los vínculos, digamos, narrativos que van construyendo el film, y que finalmente lo estructuran más como un sueño o una rememoración que como una narración al uso. Lejos de los árboles funciona con la lógica asociativa de un relato alucinado, de imágenes que se invocan unas a otras sin ningún orden y, sin embargo, con una estructura que no podría ser otra que la que es. ¿Es así la Historia, con mayúscula? ¿La guerra, el exilio, el colonialismo…? ¿Todo pasó ya o sigue aquí, como esas imágenes de la protagonista-niña a las que el film vuelve una y otra vez? Siguiendo una cierta tradición del cine español de la Transición (pienso en Saura, por ejemplo), Colell se pregunta cómo hacer eso ahora. Pues bien, de esos interrogantes deberíamos nutrirnos.