Los dos grandes asuntos que centran este número de la revista colaboran a volver sobre dos funciones esenciales de la crítica: atender a los debates que atraviesan nuestro presente y volver sobre la historia para descubrir en ella nuevas preguntas. Se combinan así la atención necesaria a uno de los estrenos del año, La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, instalado ya en el centro de la conversación cinematográfica en nuestro país después de su paso por el Festival de Cannes, y el interés historiográfico ineludible que representa el regreso a las salas de La reina Kelly (1929), uno de los grandes filmes inacabados de Erich von Stroheim, en una nueva versión restaurada. Una película irrumpe desde el presente, la otra vuelve del pasado, y ambas demuestran, una vez más, que la historia del cine no está nunca escrita del todo.
Con La bola negra intervenimos en uno de los debates que atraviesan la actualidad de nuestro cine, aportando una mirada propia y abriendo el espacio a lecturas que pueden ser incluso divergentes. Tal y como hicimos el mes pasado con otro de los estrenos más mediáticos del año, El ser querido (Rodrigo Sorogoyen), nos centramos ahora en el de Los Javis, no para dar por supuesto un consenso valorativo, sino para tratar de ampliar el debate a cuestiones que van más allá del juico sobre la película. Nos interesa por ejemplo contextualizar La bola negra dentro del particular universo creativo de Los Javis, atendiendo a esa estética del exceso que atraviesa buena parte de su trabajo y a su singular manera de hacer de lo queer, de lo asociado a la cultura popular y de aquello que queda relegado a los márgenes una materia central de su cine. Pero situamos además la película en relación a otro estreno del mes, La voz quebrada, de Manuel Menchón, no para recoger simplemente las críticas de ambas películas, ni tampoco para analizar cómo el cine ha representado a Lorca, sino para preguntarnos hasta qué punto el cine atravesó su poética.
Mientras, y al mismo tiempo, el estreno en salas de La reina Kelly nos brinda la oportunidad de corregir una ausencia que desde hacía tiempo teníamos presente: la de un cineasta como Erich von Stroheim, al que la revista no ha dedicado hasta ahora la atención que merece. Tratamos de saldar la cuenta, también aquí, no solo para analizar y valorar el discurso o las formas de este film, sino para entender de qué maneras persiste y dialoga, a día de hoy, una película como aquella. Se trata de revisar la siempre incisiva e incómoda posición del cineasta dentro de la industria estadounidense de aquellos años veinte, pero también de ahondar en su condición de autor cuya obra parece construirse, paradójicamente, alrededor de todo lo que no pudo terminar. Rastreamos así los rasgos de su cine que anticiparon el cine moderno y ciertos ecos reconocibles que sus películas han generado en cineastas contemporáneos. Reivindicamos, en definitiva, la figura de un autor que hizo saltar por los aires las convenciones para adentrarse en los territorios más oscuros y grotescos de la condición humana; de un autor que retrató la decadencia de las élites, la violencia, el vicio, la crueldad y la mezquindad a través de un universo de personajes tan sádicos y repulsivos como, a menudo, ridículos. Y quizá es precisamente aquí, en esta idea del exceso, donde La reina Kelly y La bola negra encuentran un espacio de fricción. No porque el exceso signifique lo mismo en cada caso, ni porque sus posiciones estéticas, históricas o políticas puedan equipararse, sino porque es precisamente ese desbordamiento el que los sitúa en lugares totalmente alejados dentro del ecosistema cinematográfico: La bola negra llega al centro de la conversación rodeada de expectación y respaldada por algunos de los principales agentes de la industria contemporánea, mientras La reina Kelly regresa desde una historia marcada precisamente por las dificultades de Stroheim para hacer encajar su cine en las estructuras que debían producirlo y sostenerlo. Y esa distancia –entre lo que una época sitúa en el centro y aquello que otra obliga a desplazar a los márgenes– sigue siendo un asunto fértil desde el que seguir pensando el cine y la crítica.
Jara Yáñez








