Este número de septiembre prolonga, de algún modo, una mirada que ya estaba presente en el anterior: la de detenernos en determinados motivos que atraviesan varias películas y que, más allá de su función narrativa, pueden convertirse en una forma de relacionarlas, de descubrir entre ellas vínculos inesperados y, sobre todo, de pensar el cine desde sus formas. Si entonces fue el agua, a partir del estreno de Las corrientes, de Milagros Mumenthaler, la que nos llevó a rastrear en otros títulos del cine reciente ideas como la fluidez, la deriva o la transformación, ahora es la noche la que articula buena parte de las páginas de la revista. Pero no se trata de buscar qué cuentan las películas sobre la noche, sino de preguntarnos qué sucede cuando la noche entra en las imágenes: cómo modifica los espacios, los cuerpos, el tiempo y la luz; qué posibilidades formales abre; qué asociaciones poéticas y simbólicas despierta… Sin ser necesariamente protagonista de las historias, la noche se convierte así en componente privilegiado para pensar el cine desde otros ángulos.
Y es que este mes son cuatro títulos, muy distintos entre sí, los que nos permiten adentrarnos en este asunto. Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín; Lionel, de Carlos Saiz; Eephus, de Carson Lund; y La noche está marchándose ya, de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, son cuatro películas que no hablan simplemente de la noche: la filman. Trabajan con la progresiva desaparición de la luz, con la duración y la espera, con los espacios vacíos y con esa intimidad particular que ofrece la oscuridad que, por paradójico que parezca, hace aflorar aquello que durante el día permanece oculto o suspendido. Todas ellas parecen además sustraerse, al menos por momentos, de la urgencia narrativa para dejar que sean el tiempo, los cuerpos, los espacios y la propia materia de las imágenes los que ocupen el primer plano ante la desaparición, aunque momentánea, de la luz. Y es que la noche ha sido también uno de los grandes desafíos del cine desde sus orígenes. ¿Cómo registrar la oscuridad para encontrar en ella otras formas de mirar?, sería la pregunta. Porque no se trata únicamente de una dificultad técnica –que también–, sino de descubrir en aquello que apenas puede verse nuevas posibilidades expresivas; de hacer de la oscuridad no un límite de la imagen, sino otra manera de construirla.
Y es precisamente en esa capacidad donde se encuentran las cuatro películas que recorremos en este número. Cada una hace de la noche un territorio diferente, pero todas encuentran en ella una posibilidad de desplazar la percepción y transformar aquello que vemos. La noche puede ser el momento en que algo termina como ocurre en Eephus, donde la oscuridad que poco a poco se extiende sobre el campo de béisbol no es solo el final de un día, sino la desaparición de un lugar, de una comunidad y de una forma de vida. La noche de Anoche conquisté Tebas permite, sin embargo, que pasado y presente dejen de estar separados para convertirse en un limbo donde pueden convivir, de pronto, jóvenes del siglo XXI con soldados romanos del siglo I. Y algo de ese estado suspendido pertenece también a Lionel, aunque desplazado hacia el interior de su protagonista, para el que la oscuridad funciona como expresión de un vacío existencial. Y si en estas películas la noche abre un espacio entre tiempos, lugares y afectos, La noche está marchándose ya lleva esa condición liminal hasta la propia experiencia cinematográfica: la oscuridad de la noche encuentra aquí su reflejo en la oscuridad de la sala de cine, en ese espacio paradigmático en el que la luz desaparece para que puedan aparecer las imágenes. Y quizá sea ahí donde estas cuatro películas terminan encontrándose: en la noche como un territorio de tránsito donde el cine descubre que para mirar de otra manera necesita, paradójicamente, dejar de verlo todo.
Jara Yáñez








