Una película bajo las estrellas
En 1969, Gregory Markopoulos abandonó Estados Unidos y retiró todas sus películas de distribución. En los años siguientes, instalado ya en Europa, siguió filmando mientras trabajaba en el montaje de Eniaios (1948-1990), una reconfiguración de toda su obra en una única pieza de más las 80 horas de duración, dividida en vientidós ciclos y diseñada para ser proyectada en un lugar específico: un terreno cerca de Lyssarea, un pequeño pueblo en las montañas de la región griega de Arcadia desde donde sus padres habían emigrado a Estados Unidos a finales de los años veinte. A ese claro rodeado de árboles le dio el nombre de The Temenos: en griego, un espacio sagrado, delimitado y consagrado al culto. Entre 1980 y 1987, Markopoulos organizó en aquel lugar una serie de encuentros anuales en los que proyectar tanto sus películas como las de Robert Beavers, su pareja, libres de cualquier censura.
Tras la muerte de Markopulos en 1992, fue Robert Beavers quien se hizo cargo de preservar el proyecto. Para entonces, The Temenos había dejado de celebrarse. Markopoulos había alcanzado a terminar la versión definitiva montaje de Eniaios, pero nunca llegó a ver su película proyectada y, por tanto, completa. Pasaría más de una década hasta que Robert Beavers pudiese volver a The Temenos para proyectar los primeros ciclos de Eniaios en 2004. La idea original de Markopoulos era un festival anual de varias semanas en el que se mostrase la película completa, pero desde entonces Eniaios solo se ha podido mostrar por fragmentos cada cuatro años, una suerte de ciclo olímpico exigido, en realidad, por cuestiones materiales: la necesidad de financiar el exhaustivo proceso de restauración de la copia. En esta última edición de The Temenos celebrada en 2026 se han proyectado los ciclos del XIX al XXII, el final de Eniaios.
En Gammelion (1968), Markopoulos ya había ensayado una primera versión del estilo de montaje de Eniaios. En ella, utiliza fundidos a negro de distinta duración para expandir durante casi una hora poco más de cinco minutos de planos filmados en un castillo italiano. De la misma manera, en la forma final de Eniaios las imágenes aparecen como breves destellos entre largos segmentos de puro blanco y negro, una palpitación rítmica de luz y oscuridad. Cuando finalmente se muestra una imagen en pantalla, es apenas durante uno o dos fotogramas, descomponiendo el plano en el tiempo. Solo a medida que la película avanza el ojo es capaz de recomponer unas imágenes que apenas llega a percibir. Si en el plano hay movimiento, apenas se intuye. La imagen se convierte así una pieza de un gran mosaico animado por los segmentos de blanco y negro que hacen vibrar la película.
En cada uno de los ciclos, que duran entre dos y cuatro horas, se combinan retratos (en esta edición, por ejemplo, los de Krzysztof Penderecki, Otto von Habsburg y Eugenio Montale, pero a lo largo de la película aparecen también Jonas Mekas, Giorgio de Chirico y Oskar Kokoscha, entre otros muchos) y filmaciones de diferentes lugares (Figalia, las ruinas de Olimpia o el templo de Apolo Epicúreo en Bases) entrelazadas con casi todas las películas anteriores de Markopoulos. Cada ciclo forma una unidad autónoma organizada alrededor de una temática que solo se apunta de forma oblicua en su título, que no aparece impreso en pantalla, pero sí codificado en la película: Markopoulos le asigna un valor numérico a cada letra del alfabeto griego que usa para determinar la duración de los fragmentos de fotogramas blancos y negros que abren la proyección. De esta manera, el proyector literalmente deletrea el título de cada ciclo sobre la pantalla y establece un primer ritmo que irá variando a lo largo de cada noche. Los últimos ciclos de la película recuperan principalmente planos de The Illiac Passion (1964-1967) y Eros, O Basileus (1967), que funcionan como un estribillo que vuelve una y otra vez, y unifica toda la obra alrededor del género, la identidad sexual y mitos amorosos de la tradición griega, cargándose de significado en cada ciclo antes del final. El ciclo XXII, el último de Eniaios está dedicado casi por completo a estas dos películas y, sobre todo, a Eros, O Basileus, protagonizada por Robert Beavers. Bajo la mirada de Markopoulos, el amante se transfigura en el dios Eros y las imágenes funcionan al mismo tiempo como una declaración íntima de amor y como una afirmación del poder transformador del cine que Markopoulos esperaba alcanzar en el espacio sagrado de Temenos.
La forma de Eniaios dialoga con el espacio de proyección, en el que se proyecta un ciclo por día al caer la noche. En ese claro entre montañas, el horizonte todavía queda recortado tras la pantalla por la última luz que deja la puesta de sol. A medida que avanza la noche y el sonido rítmico del proyector se mezcla con el canto de los grillos, el cielo se oscurece y se pierden en él los límites de la pantalla. Las imágenes aparecen proyectadas entre las estrellas cada vez más brillantes. Cuando desaparecen, quedan grabadas en la retina durante milésimas de segundo y sus siluetas se dibujan sobre el negro de la pantalla como sombras blancas flotando en el firmamento. Los fotogramas en blanco, en cambio, hacen que todo desaparezca engullido por el negro: solo queda la pantalla, convertida en un gran cuadrado cegador. Incluso camino hacia el lugar de proyección se convierte en una especie de ritual. El claro solo se puede alcanzar después de media hora caminando a través de la montaña, un viaje colectivo que sirve para adaptar los sentidos al ritmo sereno de Eniaios. La proyección de cada ciclo empieza, en realidad, la primera vez que la pantalla asoma a lo lejos entre las colinas, mucho antes de que el proyector empiece a funcionar.
Esta edición de 2026 de The Temenos supone la culminación del proyecto de Markopoulos, que lo llevó hacia cada vez un método más ascético y un mayor aislamiento. Sin embargo, el trabajo de restauración y proyección de Eniaios a lo largo de casi tres décadas ha creado una comunidad que se ha ido organizando alrededor de la película. Principalmente, la que forman todos aquellos que de manera más o menos voluntaria han trabajado en los trabajos de restauración y preservación de la película, liderados por Robert Beavers; pero también la de quienes han viajado año tras año para ser testigos de la proyección de, al menos, unas pocas horas de Eniaios. Esa comunidad también forma parte de una película viva, tanto como las imágenes filmadas por Markopoulos, el ruido de los grillos o las estrellas en el cielo de Arcadia. Ahora que se han proyectado sus veintidós ciclos, Eniaios está por fin completa y empieza una segunda vida que la lleva, ojalá, a otras pantallas bajo nuevos cielos.
Alex Pena Morado








