Hay algo paradójico y también misterioso en el verano, esta estación de luz, agua y calor, pero también de tiempo suspendido, de descubrimientos e iniciaciones, de transformaciones lentas y silenciosas, que el cine ha convertido siempre en un territorio de exploración privilegiado. Y es precisamente ahí, en esa inestabilidad suave del verano, en su relación fluída con el tiempo, donde este número estival de la revista encuentra dos motivos esenciales que, en su diálogo interno, lo articulan y recorren. El primero de ellos es el agua, elemento fundamental en Las corrientes, el nuevo largometraje de la cineasta argentina Milagros Mumenthaler (cuyo estreno está previsto para julio), que nos lleva a rastrear su protagonismo en otros títulos fundamentales del cine más reciente, para profundizar a su vez en sus múltiples sentidos posibles. Ahondamos así en una lectura del agua que va más allá de su función como tema o como simple telón de fondo, para comprender su valor como puerta de entrada al análisis desde los tiempos, las formas, las derivas y las asociaciones simbólicas que genera en las películas de las que forma parte. El agua, en definitiva, como elemento a través del cual pensar las imágenes. “Como defendía Siegfried Kracauer hablando del flujo de la vida, dejarse arrastrar por la fluidez fluvial (o por las corrientes del subconsciente, como en el film de Mumenthaler) supone asimismo adoptar una concepción de la estructura cinematográfica que se distancia de la noción aristotélica tradicional, mucho más categorizada y cerrada”, tal y como explica Eulàlia Iglesias en su texto sobre este asunto. Y así, frente a las estructuras cerradas y las narrativas rígidas, el agua introduce la posibilidad de una lógica de la fluidez y la deriva, asociada a su vez a las corrientes del deseo y del subconsciente, y también a una tradición estética que, desde las vanguardias hasta nuestros días, ha buscado desviarse de los modelos hegemónicos. El agua se convierte de este modo en apasionante mecanismo de ruptura, experimentación y desplazamiento.

El segundo de los motivos del número es el eclipse total de sol. La proximidad del que tendrá lugar el próximo 12 de agosto, que será visible en buena parte de la península ibérica y que es el primero de este tipo desde 1912, nos invita a recorrer, gracias al texto que escribe Martin Pawley, algunas de las películas que han capturado ese particular y fascinante fenómeno y que a su vez, como ocurre con el agua, lo han convertido en un elemento esencial de reflexión poética y simbólica, pero también de estructura y tiempo. El eclipse suspende el orden habitual de las cosas, supone la desaparición transitoria de la luz y, con ello, introduce el misterio, lo inestable, lo extrañante. Como el agua, el eclipse interrumpe la estabilidad de lo visible, nos obliga a mirar de otro modo y, con ello, abre la puerta a otros modelos posibles de representación. El agua y el eclipse conectan con una idea del cine capaz de relacionarse con lo que fluctúa, con lo que desaparece o se transforma, para ofrecer nuevas formas estéticas (y también políticas).

Pero no cerramos este texto sin recordar a la recientemente fallecida Josefina Molina. Una cineasta que abrió camino, pero cuya trayectoria se vio condicionada por las limitaciones y los desequilibrios de una industria que no siempre le permitió desarrollar su carrera en los términos que hubiera deseado. Y quizá por ello resulte también especialmente significativo que sea esta la primera vez que nos ocupamos de su obra en la revista (en un artículo escrito a cuatro manos por Violeta Kovacsics y María Adell): una ausencia que habla, una vez más, tanto de las inercias de la historia del cine, como de la necesidad de seguir revisándola.

Jara Yáñez