Àngel Quintana

La Bataille de Gaulle se presenta como una película épica en el sentido más clásico del término. La película no pretende únicamente reconstruir hechos, sino que busca resucitar una leyenda. Desde sus primeras escenas construye una imagen de Charles de Gaulle como un líder destinado a trascender al hombre real para convertirse en icono, en la encarnación del liberador francés, casi una figura histórica antes incluso de haber ganado la batalla. Antonin Baudry filma a De Gaulle como alguien que parece caminar ya acompañado por su propia posteridad. 

El relato alterna dos movimientos narrativos paralelos. Por un lado está la lucha diplomática y militar de De Gaulle, con las negociaciones en Londres, los enfrentamientos políticos con Churchill y las maniobras para convencer a aliados y militares de que Francia aún existe más allá de la derrota y del armisticio. Por otro lado aparecen los primeros impulsos de la resistencia interior a través de la figura del joven Fernand, interpretado por Florian Lesieur. Esa doble mirada evita que la historia quede reducida a la simple exaltación de un gran personaje y recuerda que la resistencia no nace únicamente sino también de individuos anónimos que empiezan a actuar movidos por una convicción personal. La primera parte estrenada en Cannes, L’Âge de Fer, abarca el período comprendido entre 1940 y aproximadamente 1942. Desde la caída de Francia y el exilio londinense de De Gaulle hasta la consolidación inicial de la Francia Libre. La historia forma parte de una ambiciosa superproducción concebida como un díptico que continúa en J’écris ton nom, ampliando el relato hasta 1944-45. La decisión de dividir la obra en dos películas responde a una voluntad claramente monumental. Ese carácter gigantesco también se percibe en el tono. La película adopta una dimensión grandilocuente en la música, la puesta en escena y los diálogos. Todo aspira constantemente a subrayar la sensación de estar asistiendo a un momento decisivo de la historia. La estrategia corre el riesgo de acercarse demasiado a la solemnidad y convertir algunos momentos en episodios excesivamente enfáticos.

En el centro está la interpretación de Simon Abkarian como Charles de Gaulle. Su composición se caracteriza por un marcado hieratismo. El actor construye a De Gaulle mediante la rigidez y una presencia casi escultórica. Más que expresar emociones visibles, parece sostener el peso de una misión histórica. Esa elección tiene una doble lectura. Por un lado refuerza la dimensión casi mítica del personaje, convirtiéndolo en una figura de autoridad, por otro, crea una distancia emocional, porque detrás del símbolo cuesta encontrar al hombre.