Jaime Pena
Primero llamada Lin Juan, después Wang Juan, la niña protagonista de la primera película de Jing Zou va pasando de familia en familia, adoptada por unos y otros en el curso de unos doce años, desde que tiene seis y hasta más o menos los dieciocho: de una primera madre adoptiva a una pareja acomodada que ha perdido a su hija y busca un reemplazo para, ya en su adolescencia, ser reclamada por su madre biológica, antes de volver finalmente con la segunda familia.
El tema de A Girl Unknown es en primer lugar el del paso del tiempo, sintetizar en el curso de dos horas y con dos actrices un espacio temporal en el que Juan nunca termina de adaptarse, como si siempre estuviese de paso o de prestado. Convertida en una suerte de mercancía o complemento, Juan manifiesta muy pronto un espíritu rebelde (en realidad una falta de adaptación), ya sea en la familia de turno, el colegio o con sus vecinos. Pero nada se sustenta, pues Zou evita los conflictos dramáticos, como si temiese definir en profundidad unos personajes cuya única función es viajar en el tiempo. Juan es víctima de un abuso sexual por parte de un vecino, pero este hecho no tiene consecuencias hasta que Zou inesperadamente lo recupera y le concede a Juan una oportunidad de venganza.
Del mismo modo, en uno de los últimos capítulos de este itinerario nómada Juan ha abandonado a su familia biológica y ha encontrado trabajo en una fábrica textil. En una película dominada por las miradas perdidas, los silencios o los paseos por la playa con la segunda madre adoptiva (el único personaje fuera de Juan con una verdadera identidad), las escenas en las que se muestra el trabajo mecánico o el trasiego del dinero (también la dureza y el estrés al que están sometidas estas trabajadoras, además de evocar a los jóvenes de Youth, la trilogía de Wang Bing) tienen una fuerza de la que adolecen el resto de las imágenes de una película que, paradójicamente, solo consigue respirar cuando su personaje central logra independizarse de sus familias de adopción.








