Àngel Quintana
La experiencia de la psiquiatría democrática impulsada por el psiquiatra Franco Basaglia en la Italia de los años setenta encontró una de sus imágenes más poderosas en Locos de desatar (1975), un documental de Marco Bellocchio y Silvano Agosti que mostraba el desmontaje de los manicomios como espacios de exclusión. Aquella revolución no consistía únicamente en cerrar instituciones psiquiátricas, sino en cuestionar la propia idea de normalidad sobre la que se sostenía la sociedad moderna. El loco dejaba de ser un cuerpo apartado para convertirse en el espejo incómodo de una comunidad incapaz de convivir con la fragilidad y la diferencia. Resulta muy curioso que Soudain ,de Ryūsuke Hamaguchi, retome de forma implícita el impulso utópico que impulsó a cerrar los manicomios para pensar cómo en el mundo presente lo imposible puede hacerse posible a través de nuevas formas de convivencia, afecto y escucha. La utopía no se convierte en una esperanza colectiva, sino en un acto político basado en la experiencia en una comunidad, orientada a romper con las normas y los preceptos de las viejas prácticas de cuidados en unos centros geriátricos convertidas en prisiones para ancianos.
Soudain gira alrededor de dos mujeres que se encuentran de manera casi azarosa y cuyos vínculos quedan atravesados por la enfermedad. Mari Morisaki (Tao Okamoto), filósofa y directora de teatro, prepara una obra que cuestiona precisamente la noción de locura y las formas de exclusión que produce la sociedad contemporánea. Frente a ella aparece Marie-Lou Fontaine (Virginie Efira), responsable de una residencia de ancianos en las afueras de París. Marie-Lou intenta aplicar el método Humanitude, basado en devolver dignidad y presencia humana a los cuidados. Ambas proceden de universos distintos pero Hamaguchi las hace converger en una misma búsqueda orientada en cómo romper la frontera entre el interior y el exterior de las instituciones, cómo impedir que los espacios de asistencia se conviertan en lugares de confinamiento moral.
Hamaguchi vuelve al teatro, como ya sucedía en Drive My Car (2021), para construir un cine sostenido por la fuerza de la palabra. Los diálogos poseen aquí una densidad extraordinaria. Las conversaciones no son simples intercambios de información, sino diálogos donde el pensamiento se pone en movimiento. Cada conversación abre una grieta filosófica sobre el envejecimiento, la enfermedad, el trabajo o la soledad contemporánea. El cineasta filma largas escenas donde las ideas circulan con una naturalidad asombrosa y donde los personajes parecen buscar, mediante la conversación, una manera distinta de habitar el mundo. La palabra se convierte en acción, con la particularidad de que en Hamaguchi esta palabra siempre está atravesada por la vulnerabilidad física de los cuerpos.
La relación entre Mari Morisaki y Marie-Lou Fontaine constituye el auténtico corazón emocional de la película. Hamaguchi filma su acercamiento con una sensibilidad extraordinaria. Sus encuentros tienen algo de provisional y frágil, marcados por la conciencia constante de la enfermedad y de la muerte próxima. Entre ambas se crea una intimidad intermitente donde el afecto surge menos de la pasión que implica la escucha mutua. La película encuentra en esta relación algunos de sus momentos más bellos orientados en torno al modo en que dos mujeres aparentemente distantes comparten la misma necesidad de imaginar otras formas de vida comunitaria. La residencia de ancianos aparece inicialmente como una prisión silenciosa, uno de esos lugares donde las sociedades contemporáneas esconden aquello que ya no encaja en la lógica productiva. Hamaguchi hace que sus protagonistas nos den una clase en la pantalla sobre cómo Asia –y especialmente Japón– funcionó como uno de los grandes laboratorios del capitalismo contemporáneo, cómo las sociedades organizadas alrededor del trabajo han sido incapaces de integrar el envejecimiento, la fragilidad o la improductividad. Hamaguchi no plantea respuestas simples, sino que convierte la película en un territorio de discusión permanente donde se cruzan la filosofía, la terapia, la ética de los cuidados y la experiencia íntima del dolor.
Soudain radicaliza el método de trabajo de Hamaguchi hasta límites impensables. La película puede resultar discutible en algunos momentos por cómo ridiculiza a una vieja enfermera encerrada en sus métodos tradicionales y por el tono cursi que adquieren las terapias colectivas. Sin embargo, pocos cineastas contemporáneos se atreven a utilizar en estos momentos el cine como un espacio donde pensar el presente con semejante libertad intelectual y emocional. Hamaguchi lleva aquí su cine hacia dimensiones insólitas, convirtiendo la filmación de las relaciones humanas en una tentativa para comprender qué significa vivir –y morir– en el mundo contemporáneo.








