Todo territorio es más que un mero espacio físico. Lo enseñan en la escuela: un territorio es una configuración política atravesada por dinámicas de poder, hegemonía y control. Pero es también un entramado social y cultural donde se inscriben formas de vida, prácticas de uso, memorias colectivas, vivencias personales, encuentros, conflictos e incluso sistemas de representación y relatos.
Para el filósofo Jacques Rancière, con el que publicamos una amplia entrevista, Historias del buen valle, la nueva película de José Luis Guerin, es un film sobre el territorio. Un territorio, el de Vallbona, ese barrio periférico de Barcelona que toma forma en los cincuenta con viviendas construidas por los propios vecinos y que fue después, a finales de los años sesenta, totalmente aislado por autopistas y vías de tren que reforzaron su carácter limítrofe y semirural. Un territorio fronterizo que, al no haber sido absorbido por la expansión de la gran ciudad, quedó suspendido en el tiempo como una anomalía al margen de la homogeneización urbana. Y en este sentido Vallbona contiene una muy poderosa idea de territorio libre, invisibilizado, indómito (como el de un western…). Pero al mismo tiempo, las lógicas expansivas y de especulación lo han convertido en un lugar en peligro de desaparición, en un espacio siempre en riesgo de ser ‘conquistado’, expropiado, destruido.
Y es precisamente en su atención al territorio, pero también a su propio gesto fílmico, donde la película de Guerin encuentra un diálogo posible con las ideas que Francesco Careri desarrolla en su libro Walkscapes (Editorial GG, 2013). Para Careri, caminar no es solo desplazarse, sino una práctica estética y política capaz de producir significado y dar sentido al espacio recorrido. Entender un lugar desde su deambulación “permite cuestionar las formas impuestas de ordenamiento urbano y social y revela espacios invisibilizados por la lógica dominante”, dice el italiano. Y hay algo en la construcción espacio-temporal de Historias del buen valle que no solo representa el territorio, sino que lo recorre, lo atraviesa y, de este modo, lo interpreta, lo redefine. Filmar (caminar) no es aquí nunca un gesto de dominio o control, sino una forma de reconocer y recuperar. Un modo de comprender y hacer visible, desde dentro, tanto la política, como la sociedad y la cultura de ese territorio, y también de revelar sus múltiples capas de sentido.
Pero el potencial interpretativo del film de Guerin no se agota en la escala local. Los ingredientes de la ‘gran aldea global’ que el propio cineasta describe en referencia a Vallbona nos conectan a su vez, y de manera dramática, con la actualidad de un mundo en el que el escalofriante y terrorífico avance del neoimperialismo (cuando aún nos queda tanto que reflexionar en términos de poscolonialismo) ha vuelto a convertir la posesión del territorio en el centro de un imaginario del poder como cuestión de sometimiento, seguridad, control y dominación. La invasión de Venezuela o las amenazas de conquista de Groenlandia por parte de Estados Unidos colocan la idea del territorio en términos de conquista, control y exclusión (muy cerca, a su vez, de la iconografía mitológica del western…). Un imaginario expansionista que despoja el espacio de ese valor social y cultural con el que arrancábamos este texto, para jugar con la perversa abstracción de lo ‘estratégicamente necesario’. En este contexto, el gesto de Guerin de filmar (caminar) el espacio periférico e invisibilizado de Vallbona confronta el discurso imperialista mostrando precisamente lo que este pretende ocultar: que todo territorio, por pequeño e ‘insignificante’ que parezca, está atravesado, lo decíamos antes, por formas de vida, prácticas de uso, memorias colectivas, vivencias personales… Comprender un territorio exige atención y tiempo. Los que Guerin ha dedicado en su pelicula para reflexionar sobre el modo en que miramos, recorrermos y dominamos el espacio y para hacer visible, precisamente, aquello que el poder necesita imaginar como vacío.
Jara Yáñez








